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Re: [OF]PATRIOTS: Battles of Liberty.
CODE 07: The New One
Los vidrios estaban abajo, permitiendo entrar el poco viento cálido que aún exhalaba un cada vez más crudo otoño; que se pintaba más de tenues rojos que de vivos amarillos.
Era agradable sentir esa brisa. Que se colara por el órgano más grande y pesado de tu cuerpo, de principio a fin. Que la situación se sintiera eterna, aun cuando no lo era; pero que se sintiera.
El complemento perfecto: Una bella conductora, a la que no le bastaba acompañarte a tu destino de todo corazón, sino que además, se daba el lujo de preocuparse por ti.
Pero eso a Alexander, no le importaba…
•¿No quieres hablar?
•Con quién debería hacerlo es con Rachel, no conmigo.
•De eso no puedo encargarme, hasta que haga a un lado su resentimiento.
•¿No es su trabajo lidiar con nuestro resentimiento?
•¿Y qué te parece, que estoy haciendo?
La postura defensiva del oriundo germano, no podría complicarle las cosas a una experta en el tema de la conversación. Era un adolescente, solo eso. Era un chico que había matado y presenciado el matar, más de una vez; solo eso.
Solo eso…
•Eres interesante – Recalcó La Doctora.
•Manejo un jodido humanoide metálico de quince pisos de alto, ¡Por supuesto que soy interesante!
•Y estás consciente de ello… ¡Qué buena noticia!
La Doctora empezó a reír. Alexander expresaba su desaprobación ante tan inapropiado comentario, con una negativa. Él, la miraba y ella no miraba nada. Alexander, solo lo sintió. Tan pronto como para que de manera brusca y algo agresiva, quitará la blanquecina mano de la doctora, de la palanca y oprimiera con fuerza el botón. Ya no estaba más en “D”, ahora estaba en “P”
En efecto, un camión de mudanzas, pasaba a centímetros del Camaro 2018, con su camionero, exclamando improperios de muy justa manera.
Todavía de boca abierta y con algunos mechones muy sueltos de su improvisada coleta. La Doctora trataba de respirar y absorber un poco de ese aire fresco, que tanto complacía a Alexander.
•¡Basta!, ¡Vamos a subir los vidrios!
Aeropuerto militar de Clearsky, 8:00.
Alexander se olvidó de lo acontecido minutos antes para de un anunciado gesto, salir de un mini-saltó del automóvil de La Doctora. Ingería paulatinamente papas fritas, de un bolsillo en su suéter, mientras miraba a aquel avión aterrizar.
Los desniveles eran enormes, por eso cargaban orejeras y un casco. No obstante, Alexander no pudo ignorar el hecho de ver un avión con el acróstico entre aquellas dos hélices blancas, justo por encima del escudo imperial, con corona y cetro.
Hacía unos días, había escuchado por radio, que el presidente tenía, ¡Ideas! Para comenzar con las negociaciones de paz y una de ellas, podría ser trasladar a un embajador de cualquiera de los frentes sin dar nada a cambio. Un trato, que no terminaría nunca por complacer a nadie. Solo a los videntes y pitonisas que pueden ver el futuro a través de su corteza pre-frontal y sonreír, porque se encuentra del lado que saldrá beneficiado.
El avión dio una vuelta y quedó de frente a la pareja, que paciente, se hallaba todavía expectante sobre aquel puente. Las compuertas se abrieron y el piloto de la Unidad 3, en lugar de seguir viendo, volteó hacia atrás.
Miró los asientos traseros del automóvil al mismo tiempo que comía, dubitativo.
La Doctora se lo había explicado antes de venir. Parecía ser… De vital importancia que aquel oso de peluche, ramillete de flores y caja con bombones de chocolate; estuvieran en el asiento trasero de ese auto.
Flashback, 7:45.
•… Ciertamente, me tomé la libertad mientras estábamos en Las Vegas. Allí todo es más barato.
•¿No debió dejarlo todo allí?, ya sabe, ¡Lo que suceden en Las Vegas, se queda en Las Vegas!, creo que también aplica para las compras.
•En este caso se quedará en ADVENT.
•Sigo sin entender.
•Un Oso de peluche, un ramillete de flores y una caja de bombones, ¿Y todavía no te haces una idea?
•…
•Creo que lo has entendido.
La lengua del rubio, sobresalió por entre los labios y rozo la superficie sinuosa de las membranas con mucha lentitud. Estaba pensando y La Doctora, ya lo sabía.
•¿Por qué vine solo yo?
•Porque Michael está muy ocupado con alguien, que necesita más de sus servicios que mi propia persona.
•Entiendo…
Fin del Flashback, 8:05.
Los motores ya estaban, en el proceso que procede al apagado de las turbinas y la ya previa anulación del sistema motriz. El viento soplaba fuerte, pero las maletas, ayudaban a que el vestido de opaco color gris, no ondeara como el de una famosa modelo, de los años cincuenta.
El carrito de Golf, sobre el que se montó, no fue el mismo que se llevó su equipaje. La trasladó hasta unas escaleras, mismas por las cuales subió emocionada y se plantó de cara a su anfitrión, quien no sabía si recibirla con una sonrisa o un ¿¡Quién eres tú!?
No dijo ninguna de las dos. Retrajo un poco sus omoplatos y sus brazos se extendieron en son de paz y en respuesta al amable, ¡Bienvenida!, la chica lo abrazó tan fuerte, que los regalos cayeron al suelo por axioma.
Su largo cabello negro, posó mucho de él sobre su nariz y tapaba sus orificios nasales. Trató de respirar, pero solo consiguió estornudar. Aquello sirvió como factor “metano” para que la recién formada pareja de tórtolos se separara; pero ella todavía sonreía y el aún se preguntaba por qué.
•“Ese olor – Pensó él – ¡Lirios!, yo recuerdo ese olor”
•¿En serio? – Preguntó ella.
•¿Disculpa?
•¿No te acuerdas de mí?
Parecía evidente…
•¡No lo puedo creer!
Aun entre risas la chica de cabello negro, tomó su cabello y lo apretó todo lo que pudo, dentro de su mano derecha, simulando una cola de caballo. Con la mano que le sobraba, buscó pertinaz, un objeto que parecía importante y que se hallaba dentro de su bohemio bolso.
Una bandita, fue lo que sacó y quizás pensó, que se vería muy linda, posando sobre el cartílago de su nariz.
Un inmenso:” ¡Aaaaaaah!...” Fue la respuesta del alemán. No tardó en ir por ella, tomarla entre sus dos brazos, era lo único que quería y fue lo que consiguió.
La alzó y le dio tantas vueltas en el aire como su alegría y condición física, le permitieron. Luego, la dejo volver a tierra para contemplarla una vez más. Que era cierto, no una ficción.
Sí, Katherine Albarn, “La Tercera”
•No lo puedo creer… - Dijo el otaku, casi entre lágrimas.
•¡Casi me lo creo!, ¡Me dijeron que te irías para no volver, pero nunca imaginé, que sería yo la que tendría que venir a buscarte!
•Tus regalos…
•¿Qué?
•Lo siento… Arruiné tus regalos.
•¡Ah! – Katherine se apartó un poco, solo un poco y le dejó entrever aquella pícara mirada, que tantas noches de sueño, le habían robado - ¡Idiota!, tú sigues aquí.
Era Katherine Albarn, compañera de los alumnos Schneifer Y Bidden, en el ya extinto instituto primario NATE.
Calles de New York, 9:00.
El tráfico, era más que pesado; insufrible, era el término que más se le acercaba, a uno de muchos que debatía la ya impacientada Doctora. A poco estaba la Señorita Morristown, de imitar al que por poco estuvo por deberle una repartición de pólizas.
¡No!, no la calmaba el hecho de que Katherine y Alexander, fuesen tan amenos y tan cercanos. Que hablaran y hablaran y que no se cansaran, no la alegraba. Quería subir a un vagabundo al puesto del piloto y unírseles, pero no podía porque…
•“… Si los llevas, te daré el resto del día libre” – Maxwell Richter
… ¡Por eso!
•¿Y Michael, por qué no vino?
Alexander pensó. Las respuestas coherentes y creativas, no tardaban en llegarle, cuando se trataba de mentir. No en balde, tenía fama de buen mentiroso y excelente filtrador de mentirillas blancas.
Las respuestas, sin embargo, algo o mucho podían tardar, cuando la persona que las espera es de ojos ónix y rasgos delicados. Piernas largas y rasuradas, que brillaban aun cuando el sol estaba ausente. Su vestido no era para menos, le hacía bastante honor a la sofisticación, por la cual eran muy conocidos los anglosajones que habitaban su tierra.
Y esos lentes… A Alexander le gustaban las mujeres, en especial, aquellas que se veían intelectuales y lo aprovechaban para sumarle puntos a su belleza. Katherine aprendió a hacerlo, ¿Cuándo?, no lo sabemos, pero aprendió.
•¿Recuerdas las bromas que hacíamos de pequeños?
La chica no dejaba de ser divertida, al mismo tiempo que elegancia le sobraba para armar una conversación. Sus piernas cruzadas, no eran un factor que incomodará. Eran más bien, un taburete perfecto para posar aquellas dos manos; una sobre la otra.
•¡Cómo no! La que le hicimos a la Profesor Bennett, ¿Te acuerdas?
•¡Sí!, Michael distrajo a los profesores, fingiendo haberse lastimado por haber tropezado en las escaleras y tú y yo, le tomamos la ropa y se la ocultamos en el baño de hombres, mientras se bañaba.
•Pero en realidad se cayó, escuché después. Terminó siendo enyesado, cuando volvimos de detención.
•¿En serio? – Preguntó La Doctora y la curiosidad, más el voltear a los asientos traseros para observar de reojo a Katherine, casi los mata… ¡Otra vez!
Ya iban dos. Dos camioneros (Parecían sacados de una fábrica, aunque en realidad, ¡De ahí venían!), le habían gritado de todo ese día y La Doctora, poca atención le prestaba a que ambos conductores, tomaran como recompensa el mejor de lo ángulos para presenciar su magnífico escote.
¡Alabado sea!
Y… ¡Sonó el timbre!, ¿En dónde?, ¿En Stocker? No… En New York.
Laboratorios de ADVENT, 9:45.
Los gritos iban y venían. Rebotaban en la gruesa cortina de hierro, en la cual, aprisionados, Connors tenía a los más jóvenes de la sección de inteligencia. A todos preguntándoles, ¿Por qué?, pero sin recibir ningún como…
Richter lo veía. Era un espectáculo que no podía perderse y estaba en primera fila para tirarle porras al displicente Capitán.
•¡Bravo! – Decía mientras aplaudía – Has avanzado, a los cuartos de final. Tu siguiente objetivo, es gritarles de todos a los gerentes de inteligencia.
•¿Tú lo sabías?
Richter se retrae. Una respuesta equivocada, podía significar una mancha, nada amorfa sobre su ya muy extravagante rostro.
•¡Para nada, ese no es mi trabajo!
Connors lo miraba con su cuerpo de perfil, pero su rostro muy de frente. Era la segunda vez y dos veces, en una guerra, significaba en muchas ocasiones la muerte.
•Te he visto muy sonriente estos últimos días, Richter… Demasiado.
Calles de Manhattan, 10:00.
¿La gente?, ya no había gente. Durante las batallas, hay soldados, y su condición de gente pasa a pronunciarse, si y solo sí, viven para contar lo que sucedió aquel histórico día en que su pueblo y su tierra, los vieron regresar para contar la hazaña tal cual los patriotas de la independencia, ¡No hicieron!
Lástima, que aquel día ahora pase a decirse en plural.
Las ondas se propagaban y barrían varias hojas, e inclusive algunos autos. Los edificios, eran cubiertos por las sombras de donde provenían las vibraciones más fuertes. Eran demasiado grandes para poder volar y muy abstractas para tratarse de un avión.
•“… Aasgeier (Buitre en alemán), mecanismos de combate Aero-terrícolas. Capaces de retraer su propio peso mediante un sistema de dilatación mecánica por el cual, reducen su tamaño al de un simple avión y transforman sus extremidades en nuevas turbinas de uso prolongado…” – Maxwell Richter.
Pero luego llegaron los tumbos, los pisotones, ¡Los Gigantes!; vinieron, no se ocultaron en guetos de emergencia, como los demás.
Recitaban una grave sinfonía, estratégicamente posicionada en el lugar justo y en el momento exacto.
¡Pero los alemanes!, ¡Soberbia es la fama, que tienen de ser imponentes!, mucha gala de ello hacen, posicionando a sus unidades como auténticos buitres, cuyos árboles, eran los rascacielos más altos de New York; donde ningún Patriot, los podía alcanzar.
Sus sombras, ya no eran sus sombras y ya no tenían sol. Los Aasgeier, primero buscaron intimidar y lo lograron, ¿Cómo lo sabían?, solo bastó con ver retroceder a las Unidades 1 y Hunter.
Pero Falcón se quedó ahí. Un ave mucho más noble que el buitre y que fue diseñada con una belleza empírica de la naturaleza para lidiar con aquellos que dicen ser, ¡Carroñeros!
El carroñero le arremetió y fue tan rápido como inesperado. La Unidad 2, tuvo el tiempo repartido en milésimas de segundo que transcurrieron entre el descenso del androide volador y el cercenamiento de su rifle, por la mitad.
Lo volvió a intentar, esta vez, queriendo sorprender, luego de haberle dado una vuelta a la manzana, pero Michael era astuto. Sabía que su rival quería lucirse y quedar impune ante el precio de la soberbia.
Aasgeier, busco separar al Falcon en dos, tan pronto se asomara por el edificio, pero no fue así. La Unidad 2, tomó por una de las turbinas al producto de la ingeniería alemana y la exprimió con tanta fuerza que el crujido de las bovinas y los tanques estrujándose, produjo dolor en el mismo cuartel general de ADVENT.
Obligó a su enemigo a bajar, pero no le dio tiempo de pelear. Con furia, sus dos alas, que seguro eran sus dos manos, le fueron arrebatadas sin compasión. El sistema motriz, no tardó en ser apartado del cuerpo arpírico (De arpías), dejando inutilizada la unidad. Una ventana que producía bastante estática, llegó directamente a la cabina del piloto germano.
•Presiona el botón.
Y el germano obedeció… En las calles, convoys de ADVENT esperaban en caso de que cosas como esta, llegaran a suceder.
Michael había triunfado, pero a su compañera no le parecía ir muy bien. Disparaba por doquier y apenas podía decir, que le había dado a la arpía que maliciosa la esperaba, todavía sin moverse de su recinto.
Una vez sonó el chasquido del gatillo, jalando una bala inexistente dentro del cañón de su rifle, el deleite para la Unidad europea comenzó. No le bastó con ir a por la Fox, quería destruir el árbol que tan amablemente le sirvió para colocarse y luego de un duro impacto, arrastrar a la piloto de cabellos castaños y a su caballero anaranjado por el extenso pavimento de la ciudad de New York, hasta dar de lleno con un edificio, que apenas podía mantenerse en pie.
Se colocó sobre el androide, la Unidad 1 ya no se podía parar y Rachel Barret, presenció lo más cercano a una de esas películas de terror, donde el asesino te acerca su arma de a poco, hasta que ya es muy tarde para reaccionar.
Las alas, que también podían dar las suficientes revoluciones como para cortar metal, se introducían en el casco que servía de cabina a la joven piloto y a poco se encontraban de dar con el suyo propio.
Pero de ipsofacto, ¡Se detuvieron!, un impacto y el golpe de una pelota contra una plataforma de metal, fue lo último que Rachel escuchó, antes de aquel mínimo silencio.
Ahora podía levantarse y RAFAEL, no tardó mucho en proporcionarle una vista clara de quien era su salvador.
Era Él, ¡Otra vez!
•El brazo de mi Patriot, es naranja, como el tuyo. La diferencia, es que este brazo mío, si sabe disparar.
En lo que parecía un sarcasmo, pero no lo era. Rachel tuvo una vista máxima y en primera plana de su salvador. Alexander, no estaba contento ni mucho menos. Pocas veces hubiese querido la joven Barret, ver serio y además molesto a su compañero, pero aquella cara, era una combinación de lo primero con una emoción a la que muchos llaman: Decepción.
•¡Vete!
Pero Rachel de ahí, no se movió.
…
Eran tres contra uno. La arpía que quedaba, sin embargo, gozaba de ser bastante escurridiza, dándole a su piloto el calificativo de diestro y hábil en el arte de volar maquinaria de guerra.
Las municiones del Hunter, debían gastarse por contado. Las fuerzas alemanas, tenían una derrota casi pronosticada, pero al menos eso… Al menos hacer de New York, el patio de recreación de sus experimentos, los haría irse satisfechos y con una sonrisa de oreja a oreja en aquella petulante cara europea.
El Aasgeier, burló casi todos los disparos que de esa ametralladora fueron enviados y los pocos que con su gruesa capa de armazón, pudieron impactar, rebotaron como aviones de papel contra una pared.
El piloto reía, hacía gala también de ello, aunque poco tiempo le duraría el júbilo. Alexander, que bien sabe Dios de donde salió, no tuvo inconvenientes en trepar un edificio de treinta pisos, destruyendo varios ventanales para luego treparse sobre la espalda de la Unidad alemana, haciéndole perder el equilibrio.
Michael y la Unidad 2, llegaron a tiempo y lo presenciaron...
A Alexander no le importó que fuera de su misma tierra. Esa ya no era su tierra. Ni siquiera respeto le guardaba. El fiel reflejo de su odio, transmitido en las constantes puñaladas a la cabeza de la ya muy deformada arpía, era el espejo perfecto de sus sentimientos.
El latino de nacimiento fue humano, humano por un instante y con su rifle, hiso volar a través de varias calles el puñal y algunos dedos de la Unidad 3. La batalla por supuesto, había finalizado.
Pasillos de ADVENT, previo a los vestidores, 12:00.
Corría con prisa. Escuchó, que a pesar de haber sido firme protagonista de aquella hazaña que tenía tanto de heroica como de horrorosa, Él, podría comprar los confíteles para la fiesta de bienvenida de Katherine, La chica de los anteojos, “La Tercera”
¿Un retraso imprevisto?, anunciado, diría yo…
•¿Por qué?
Volteó con mucha pausa, pues ya sabía de quién procedía ese “¿Por qué?”, no buscó respuestas inteligentes, ni sabias. Algo cortó y efectivo que hiciera a Rachel comprender, era lo único que necesitaba.
No veía a la chica bonita de frente, por lo que la respuesta, no tardó en salir.
•Porque era necesario.
•¿¡Y tenías que mostrárnoslo!?
•¿Cuál es el problema? – Respondió – A mí me lo mostraron cuando tenía tan solo, ¡CINCO AÑOS!
El grito, hiso retroceder a Rachel y alejar lo más rápido que pudiese su mano de ese hombro. No quería posarla sobre ese óseo hueco nunca más.
Pero ella lloraba y eso enterneció a un complicado Alexander. Total, esa misma mañana, él también había llorado.
Tal cual Michael en sus mejores mañanas, despojó con sutileza las lágrimas de su bello rostro. Sí, Rachel, era tan bella como Katherine, y eso el piloto alemán tenía que reconocerlo.
•Si tienes el valor para salir al campo de batalla y pelear por tu vida, entonces tienes el valor para despojar de su vida, a quien trata de despojarte de la tuya.
•El valor para matar…
•¡Y el valor para hablarle! – Dijo entre simpáticas risas.
La única piloto estadounidense le devolvió la sonrisa y le obsequió un rodillazo en la entrepierna que atrasaría más a un ya ilusionado Alexander. Se arrodilló a su lado y acomodó su cabello lo suficiente como para poder ver su expresión de dolor y agonía.
•¡Gracias! – Y un beso en la mejilla.
Alexander seguía sintiendo dolor, pero ya no se retorcía.
¡Santo remedio!
Cocina, 20:00.
Los júbilos y la celebración fueron cosa de una o dos horas compartidas, enteramente por los cuatro pilotos. Los más grandes, repartían cervezas a raudales y deleitaban a los presentes con un espectáculo digno de cualquier circo: Richter jugando al ula-ula.
Pero pronto se cansaron y pensaron, que antes de que ese cansancio llegara a más, los tres que más se conocían, podrían retirarse a la habitación de “La Tercera” y hablar, hablar hasta la medianoche.
Habitación de Katherine, 00:00.
•¿Estuviste en Canadá? – Preguntó Michael.
•¡Sí!, pero el programa en pro de la guerra fría, me pidió que ejerciera las veces de embajadora de la paz. Tuve que ir al consulado inglés para poder obtener aprobación del gobierno y… ¡Aquí me tienen!
Katherine reía, reía mucho.
Las risas que compartía con aquellos dos, eran las que solo se escuchan entre tres verdaderos amigos.
Amigos…
•Tengo que ir al baño – Dijo Alexander – ¡No tardo!
Si el latino le dio un permiso no necesario con sus gestos faciales, entonces la inglesa, no tendría porqué haberlo mirado.
Alexander estaba literalmente a punto de “reventar”, pero cuando hay phillim, ya no hay nada que hacer.
•¡Perdón!
Luego de irse corriendo, Michael miró a su vieja amiga unos pocos segundos y no pudo evitar contagiarla de su risa. Una risa agradable, una risa de amigos.
Amigos…
•Esa broma que le hicieron a la Profesora Bennett… ¿Sabías que en realidad me caí por las escaleras?
•¡En serio!, ¿No lo habrás hecho a propósito?
•Un buen actor, debe hacer realista su acto. Así que esos llantos, fueron muy reales.
•¡Wow!, no sabía que llegarías a tanto.
•Tampoco tú…
La ventana se encontraba abierta. Y aquellas algarabías, que alguna vez fueron risas, ahora eran silencios de una partitura muy incómoda.
Tenuemente, Michael la miraba.
•El día que le robaron la ropa a la profesora, ¿Fue un 14 de Junio?
•Sí…
•¿Recuerdas lo qué pasó el día después?
•Prefiero no hacerlo…
Katherine desvió la mirada levemente y enfocó, falsamente su atención, en los lentes que minuciosamente, fingía limpiar con el bordado de su vestido.
•El día que se llevaron a Alexander a un sanatorio mental, por haber disparado ese rifle a la pierna de aquel niño, yo estaba en le enfermería; viéndolo todo a través de la ventana.
•…
•Los guardias dijeron que ese día, él estuvo solo, pero tú estabas ahí.
Katherine quiso disuadir a su viejo amigo, tirando una expresión con su boca ligeramente abierta y sus ojos fijos en Michael. Esto, claramente rebotó en el latino, que cada vez la miraba con más escepticismo.
•Te pregunté qué hiciste ese día y me dijiste que habías estado todo el tiempo en el salón, experimentando con ranas. Al día siguiente te fuiste y quede solo. Entonces quise ir más a fondo y gracias a la ineptitud del conserje aquella noche, logré entrar a la oficina administrativa y encontrar el reporte de lo sucedido, ¿Sabes qué fue lo que leí?
•¡Yo intenté detenerlo!
•¡MENTIRA!
CODE 07: The New One
Los vidrios estaban abajo, permitiendo entrar el poco viento cálido que aún exhalaba un cada vez más crudo otoño; que se pintaba más de tenues rojos que de vivos amarillos.
Era agradable sentir esa brisa. Que se colara por el órgano más grande y pesado de tu cuerpo, de principio a fin. Que la situación se sintiera eterna, aun cuando no lo era; pero que se sintiera.
El complemento perfecto: Una bella conductora, a la que no le bastaba acompañarte a tu destino de todo corazón, sino que además, se daba el lujo de preocuparse por ti.
Pero eso a Alexander, no le importaba…
•¿No quieres hablar?
•Con quién debería hacerlo es con Rachel, no conmigo.
•De eso no puedo encargarme, hasta que haga a un lado su resentimiento.
•¿No es su trabajo lidiar con nuestro resentimiento?
•¿Y qué te parece, que estoy haciendo?
La postura defensiva del oriundo germano, no podría complicarle las cosas a una experta en el tema de la conversación. Era un adolescente, solo eso. Era un chico que había matado y presenciado el matar, más de una vez; solo eso.
Solo eso…
•Eres interesante – Recalcó La Doctora.
•Manejo un jodido humanoide metálico de quince pisos de alto, ¡Por supuesto que soy interesante!
•Y estás consciente de ello… ¡Qué buena noticia!
La Doctora empezó a reír. Alexander expresaba su desaprobación ante tan inapropiado comentario, con una negativa. Él, la miraba y ella no miraba nada. Alexander, solo lo sintió. Tan pronto como para que de manera brusca y algo agresiva, quitará la blanquecina mano de la doctora, de la palanca y oprimiera con fuerza el botón. Ya no estaba más en “D”, ahora estaba en “P”
En efecto, un camión de mudanzas, pasaba a centímetros del Camaro 2018, con su camionero, exclamando improperios de muy justa manera.
Todavía de boca abierta y con algunos mechones muy sueltos de su improvisada coleta. La Doctora trataba de respirar y absorber un poco de ese aire fresco, que tanto complacía a Alexander.
•¡Basta!, ¡Vamos a subir los vidrios!
Aeropuerto militar de Clearsky, 8:00.
Alexander se olvidó de lo acontecido minutos antes para de un anunciado gesto, salir de un mini-saltó del automóvil de La Doctora. Ingería paulatinamente papas fritas, de un bolsillo en su suéter, mientras miraba a aquel avión aterrizar.
Los desniveles eran enormes, por eso cargaban orejeras y un casco. No obstante, Alexander no pudo ignorar el hecho de ver un avión con el acróstico entre aquellas dos hélices blancas, justo por encima del escudo imperial, con corona y cetro.
Hacía unos días, había escuchado por radio, que el presidente tenía, ¡Ideas! Para comenzar con las negociaciones de paz y una de ellas, podría ser trasladar a un embajador de cualquiera de los frentes sin dar nada a cambio. Un trato, que no terminaría nunca por complacer a nadie. Solo a los videntes y pitonisas que pueden ver el futuro a través de su corteza pre-frontal y sonreír, porque se encuentra del lado que saldrá beneficiado.
El avión dio una vuelta y quedó de frente a la pareja, que paciente, se hallaba todavía expectante sobre aquel puente. Las compuertas se abrieron y el piloto de la Unidad 3, en lugar de seguir viendo, volteó hacia atrás.
Miró los asientos traseros del automóvil al mismo tiempo que comía, dubitativo.
La Doctora se lo había explicado antes de venir. Parecía ser… De vital importancia que aquel oso de peluche, ramillete de flores y caja con bombones de chocolate; estuvieran en el asiento trasero de ese auto.
Flashback, 7:45.
•… Ciertamente, me tomé la libertad mientras estábamos en Las Vegas. Allí todo es más barato.
•¿No debió dejarlo todo allí?, ya sabe, ¡Lo que suceden en Las Vegas, se queda en Las Vegas!, creo que también aplica para las compras.
•En este caso se quedará en ADVENT.
•Sigo sin entender.
•Un Oso de peluche, un ramillete de flores y una caja de bombones, ¿Y todavía no te haces una idea?
•…
•Creo que lo has entendido.
La lengua del rubio, sobresalió por entre los labios y rozo la superficie sinuosa de las membranas con mucha lentitud. Estaba pensando y La Doctora, ya lo sabía.
•¿Por qué vine solo yo?
•Porque Michael está muy ocupado con alguien, que necesita más de sus servicios que mi propia persona.
•Entiendo…
Fin del Flashback, 8:05.
Los motores ya estaban, en el proceso que procede al apagado de las turbinas y la ya previa anulación del sistema motriz. El viento soplaba fuerte, pero las maletas, ayudaban a que el vestido de opaco color gris, no ondeara como el de una famosa modelo, de los años cincuenta.
El carrito de Golf, sobre el que se montó, no fue el mismo que se llevó su equipaje. La trasladó hasta unas escaleras, mismas por las cuales subió emocionada y se plantó de cara a su anfitrión, quien no sabía si recibirla con una sonrisa o un ¿¡Quién eres tú!?
No dijo ninguna de las dos. Retrajo un poco sus omoplatos y sus brazos se extendieron en son de paz y en respuesta al amable, ¡Bienvenida!, la chica lo abrazó tan fuerte, que los regalos cayeron al suelo por axioma.
Su largo cabello negro, posó mucho de él sobre su nariz y tapaba sus orificios nasales. Trató de respirar, pero solo consiguió estornudar. Aquello sirvió como factor “metano” para que la recién formada pareja de tórtolos se separara; pero ella todavía sonreía y el aún se preguntaba por qué.
•“Ese olor – Pensó él – ¡Lirios!, yo recuerdo ese olor”
•¿En serio? – Preguntó ella.
•¿Disculpa?
•¿No te acuerdas de mí?
Parecía evidente…
•¡No lo puedo creer!
Aun entre risas la chica de cabello negro, tomó su cabello y lo apretó todo lo que pudo, dentro de su mano derecha, simulando una cola de caballo. Con la mano que le sobraba, buscó pertinaz, un objeto que parecía importante y que se hallaba dentro de su bohemio bolso.
Una bandita, fue lo que sacó y quizás pensó, que se vería muy linda, posando sobre el cartílago de su nariz.
Un inmenso:” ¡Aaaaaaah!...” Fue la respuesta del alemán. No tardó en ir por ella, tomarla entre sus dos brazos, era lo único que quería y fue lo que consiguió.
La alzó y le dio tantas vueltas en el aire como su alegría y condición física, le permitieron. Luego, la dejo volver a tierra para contemplarla una vez más. Que era cierto, no una ficción.
Sí, Katherine Albarn, “La Tercera”
•No lo puedo creer… - Dijo el otaku, casi entre lágrimas.
•¡Casi me lo creo!, ¡Me dijeron que te irías para no volver, pero nunca imaginé, que sería yo la que tendría que venir a buscarte!
•Tus regalos…
•¿Qué?
•Lo siento… Arruiné tus regalos.
•¡Ah! – Katherine se apartó un poco, solo un poco y le dejó entrever aquella pícara mirada, que tantas noches de sueño, le habían robado - ¡Idiota!, tú sigues aquí.
Era Katherine Albarn, compañera de los alumnos Schneifer Y Bidden, en el ya extinto instituto primario NATE.
Calles de New York, 9:00.
El tráfico, era más que pesado; insufrible, era el término que más se le acercaba, a uno de muchos que debatía la ya impacientada Doctora. A poco estaba la Señorita Morristown, de imitar al que por poco estuvo por deberle una repartición de pólizas.
¡No!, no la calmaba el hecho de que Katherine y Alexander, fuesen tan amenos y tan cercanos. Que hablaran y hablaran y que no se cansaran, no la alegraba. Quería subir a un vagabundo al puesto del piloto y unírseles, pero no podía porque…
•“… Si los llevas, te daré el resto del día libre” – Maxwell Richter
… ¡Por eso!
•¿Y Michael, por qué no vino?
Alexander pensó. Las respuestas coherentes y creativas, no tardaban en llegarle, cuando se trataba de mentir. No en balde, tenía fama de buen mentiroso y excelente filtrador de mentirillas blancas.
Las respuestas, sin embargo, algo o mucho podían tardar, cuando la persona que las espera es de ojos ónix y rasgos delicados. Piernas largas y rasuradas, que brillaban aun cuando el sol estaba ausente. Su vestido no era para menos, le hacía bastante honor a la sofisticación, por la cual eran muy conocidos los anglosajones que habitaban su tierra.
Y esos lentes… A Alexander le gustaban las mujeres, en especial, aquellas que se veían intelectuales y lo aprovechaban para sumarle puntos a su belleza. Katherine aprendió a hacerlo, ¿Cuándo?, no lo sabemos, pero aprendió.
•¿Recuerdas las bromas que hacíamos de pequeños?
La chica no dejaba de ser divertida, al mismo tiempo que elegancia le sobraba para armar una conversación. Sus piernas cruzadas, no eran un factor que incomodará. Eran más bien, un taburete perfecto para posar aquellas dos manos; una sobre la otra.
•¡Cómo no! La que le hicimos a la Profesor Bennett, ¿Te acuerdas?
•¡Sí!, Michael distrajo a los profesores, fingiendo haberse lastimado por haber tropezado en las escaleras y tú y yo, le tomamos la ropa y se la ocultamos en el baño de hombres, mientras se bañaba.
•Pero en realidad se cayó, escuché después. Terminó siendo enyesado, cuando volvimos de detención.
•¿En serio? – Preguntó La Doctora y la curiosidad, más el voltear a los asientos traseros para observar de reojo a Katherine, casi los mata… ¡Otra vez!
Ya iban dos. Dos camioneros (Parecían sacados de una fábrica, aunque en realidad, ¡De ahí venían!), le habían gritado de todo ese día y La Doctora, poca atención le prestaba a que ambos conductores, tomaran como recompensa el mejor de lo ángulos para presenciar su magnífico escote.
¡Alabado sea!
Y… ¡Sonó el timbre!, ¿En dónde?, ¿En Stocker? No… En New York.
Laboratorios de ADVENT, 9:45.
Los gritos iban y venían. Rebotaban en la gruesa cortina de hierro, en la cual, aprisionados, Connors tenía a los más jóvenes de la sección de inteligencia. A todos preguntándoles, ¿Por qué?, pero sin recibir ningún como…
Richter lo veía. Era un espectáculo que no podía perderse y estaba en primera fila para tirarle porras al displicente Capitán.
•¡Bravo! – Decía mientras aplaudía – Has avanzado, a los cuartos de final. Tu siguiente objetivo, es gritarles de todos a los gerentes de inteligencia.
•¿Tú lo sabías?
Richter se retrae. Una respuesta equivocada, podía significar una mancha, nada amorfa sobre su ya muy extravagante rostro.
•¡Para nada, ese no es mi trabajo!
Connors lo miraba con su cuerpo de perfil, pero su rostro muy de frente. Era la segunda vez y dos veces, en una guerra, significaba en muchas ocasiones la muerte.
•Te he visto muy sonriente estos últimos días, Richter… Demasiado.
Calles de Manhattan, 10:00.
¿La gente?, ya no había gente. Durante las batallas, hay soldados, y su condición de gente pasa a pronunciarse, si y solo sí, viven para contar lo que sucedió aquel histórico día en que su pueblo y su tierra, los vieron regresar para contar la hazaña tal cual los patriotas de la independencia, ¡No hicieron!
Lástima, que aquel día ahora pase a decirse en plural.
Las ondas se propagaban y barrían varias hojas, e inclusive algunos autos. Los edificios, eran cubiertos por las sombras de donde provenían las vibraciones más fuertes. Eran demasiado grandes para poder volar y muy abstractas para tratarse de un avión.
•“… Aasgeier (Buitre en alemán), mecanismos de combate Aero-terrícolas. Capaces de retraer su propio peso mediante un sistema de dilatación mecánica por el cual, reducen su tamaño al de un simple avión y transforman sus extremidades en nuevas turbinas de uso prolongado…” – Maxwell Richter.
Pero luego llegaron los tumbos, los pisotones, ¡Los Gigantes!; vinieron, no se ocultaron en guetos de emergencia, como los demás.
Recitaban una grave sinfonía, estratégicamente posicionada en el lugar justo y en el momento exacto.
¡Pero los alemanes!, ¡Soberbia es la fama, que tienen de ser imponentes!, mucha gala de ello hacen, posicionando a sus unidades como auténticos buitres, cuyos árboles, eran los rascacielos más altos de New York; donde ningún Patriot, los podía alcanzar.
Sus sombras, ya no eran sus sombras y ya no tenían sol. Los Aasgeier, primero buscaron intimidar y lo lograron, ¿Cómo lo sabían?, solo bastó con ver retroceder a las Unidades 1 y Hunter.
Pero Falcón se quedó ahí. Un ave mucho más noble que el buitre y que fue diseñada con una belleza empírica de la naturaleza para lidiar con aquellos que dicen ser, ¡Carroñeros!
El carroñero le arremetió y fue tan rápido como inesperado. La Unidad 2, tuvo el tiempo repartido en milésimas de segundo que transcurrieron entre el descenso del androide volador y el cercenamiento de su rifle, por la mitad.
Lo volvió a intentar, esta vez, queriendo sorprender, luego de haberle dado una vuelta a la manzana, pero Michael era astuto. Sabía que su rival quería lucirse y quedar impune ante el precio de la soberbia.
Aasgeier, busco separar al Falcon en dos, tan pronto se asomara por el edificio, pero no fue así. La Unidad 2, tomó por una de las turbinas al producto de la ingeniería alemana y la exprimió con tanta fuerza que el crujido de las bovinas y los tanques estrujándose, produjo dolor en el mismo cuartel general de ADVENT.
Obligó a su enemigo a bajar, pero no le dio tiempo de pelear. Con furia, sus dos alas, que seguro eran sus dos manos, le fueron arrebatadas sin compasión. El sistema motriz, no tardó en ser apartado del cuerpo arpírico (De arpías), dejando inutilizada la unidad. Una ventana que producía bastante estática, llegó directamente a la cabina del piloto germano.
•Presiona el botón.
Y el germano obedeció… En las calles, convoys de ADVENT esperaban en caso de que cosas como esta, llegaran a suceder.
Michael había triunfado, pero a su compañera no le parecía ir muy bien. Disparaba por doquier y apenas podía decir, que le había dado a la arpía que maliciosa la esperaba, todavía sin moverse de su recinto.
Una vez sonó el chasquido del gatillo, jalando una bala inexistente dentro del cañón de su rifle, el deleite para la Unidad europea comenzó. No le bastó con ir a por la Fox, quería destruir el árbol que tan amablemente le sirvió para colocarse y luego de un duro impacto, arrastrar a la piloto de cabellos castaños y a su caballero anaranjado por el extenso pavimento de la ciudad de New York, hasta dar de lleno con un edificio, que apenas podía mantenerse en pie.
Se colocó sobre el androide, la Unidad 1 ya no se podía parar y Rachel Barret, presenció lo más cercano a una de esas películas de terror, donde el asesino te acerca su arma de a poco, hasta que ya es muy tarde para reaccionar.
Las alas, que también podían dar las suficientes revoluciones como para cortar metal, se introducían en el casco que servía de cabina a la joven piloto y a poco se encontraban de dar con el suyo propio.
Pero de ipsofacto, ¡Se detuvieron!, un impacto y el golpe de una pelota contra una plataforma de metal, fue lo último que Rachel escuchó, antes de aquel mínimo silencio.
Ahora podía levantarse y RAFAEL, no tardó mucho en proporcionarle una vista clara de quien era su salvador.
Era Él, ¡Otra vez!
•El brazo de mi Patriot, es naranja, como el tuyo. La diferencia, es que este brazo mío, si sabe disparar.
En lo que parecía un sarcasmo, pero no lo era. Rachel tuvo una vista máxima y en primera plana de su salvador. Alexander, no estaba contento ni mucho menos. Pocas veces hubiese querido la joven Barret, ver serio y además molesto a su compañero, pero aquella cara, era una combinación de lo primero con una emoción a la que muchos llaman: Decepción.
•¡Vete!
Pero Rachel de ahí, no se movió.
…
Eran tres contra uno. La arpía que quedaba, sin embargo, gozaba de ser bastante escurridiza, dándole a su piloto el calificativo de diestro y hábil en el arte de volar maquinaria de guerra.
Las municiones del Hunter, debían gastarse por contado. Las fuerzas alemanas, tenían una derrota casi pronosticada, pero al menos eso… Al menos hacer de New York, el patio de recreación de sus experimentos, los haría irse satisfechos y con una sonrisa de oreja a oreja en aquella petulante cara europea.
El Aasgeier, burló casi todos los disparos que de esa ametralladora fueron enviados y los pocos que con su gruesa capa de armazón, pudieron impactar, rebotaron como aviones de papel contra una pared.
El piloto reía, hacía gala también de ello, aunque poco tiempo le duraría el júbilo. Alexander, que bien sabe Dios de donde salió, no tuvo inconvenientes en trepar un edificio de treinta pisos, destruyendo varios ventanales para luego treparse sobre la espalda de la Unidad alemana, haciéndole perder el equilibrio.
Michael y la Unidad 2, llegaron a tiempo y lo presenciaron...
A Alexander no le importó que fuera de su misma tierra. Esa ya no era su tierra. Ni siquiera respeto le guardaba. El fiel reflejo de su odio, transmitido en las constantes puñaladas a la cabeza de la ya muy deformada arpía, era el espejo perfecto de sus sentimientos.
El latino de nacimiento fue humano, humano por un instante y con su rifle, hiso volar a través de varias calles el puñal y algunos dedos de la Unidad 3. La batalla por supuesto, había finalizado.
Pasillos de ADVENT, previo a los vestidores, 12:00.
Corría con prisa. Escuchó, que a pesar de haber sido firme protagonista de aquella hazaña que tenía tanto de heroica como de horrorosa, Él, podría comprar los confíteles para la fiesta de bienvenida de Katherine, La chica de los anteojos, “La Tercera”
¿Un retraso imprevisto?, anunciado, diría yo…
•¿Por qué?
Volteó con mucha pausa, pues ya sabía de quién procedía ese “¿Por qué?”, no buscó respuestas inteligentes, ni sabias. Algo cortó y efectivo que hiciera a Rachel comprender, era lo único que necesitaba.
No veía a la chica bonita de frente, por lo que la respuesta, no tardó en salir.
•Porque era necesario.
•¿¡Y tenías que mostrárnoslo!?
•¿Cuál es el problema? – Respondió – A mí me lo mostraron cuando tenía tan solo, ¡CINCO AÑOS!
El grito, hiso retroceder a Rachel y alejar lo más rápido que pudiese su mano de ese hombro. No quería posarla sobre ese óseo hueco nunca más.
Pero ella lloraba y eso enterneció a un complicado Alexander. Total, esa misma mañana, él también había llorado.
Tal cual Michael en sus mejores mañanas, despojó con sutileza las lágrimas de su bello rostro. Sí, Rachel, era tan bella como Katherine, y eso el piloto alemán tenía que reconocerlo.
•Si tienes el valor para salir al campo de batalla y pelear por tu vida, entonces tienes el valor para despojar de su vida, a quien trata de despojarte de la tuya.
•El valor para matar…
•¡Y el valor para hablarle! – Dijo entre simpáticas risas.
La única piloto estadounidense le devolvió la sonrisa y le obsequió un rodillazo en la entrepierna que atrasaría más a un ya ilusionado Alexander. Se arrodilló a su lado y acomodó su cabello lo suficiente como para poder ver su expresión de dolor y agonía.
•¡Gracias! – Y un beso en la mejilla.
Alexander seguía sintiendo dolor, pero ya no se retorcía.
¡Santo remedio!
Cocina, 20:00.
Los júbilos y la celebración fueron cosa de una o dos horas compartidas, enteramente por los cuatro pilotos. Los más grandes, repartían cervezas a raudales y deleitaban a los presentes con un espectáculo digno de cualquier circo: Richter jugando al ula-ula.
Pero pronto se cansaron y pensaron, que antes de que ese cansancio llegara a más, los tres que más se conocían, podrían retirarse a la habitación de “La Tercera” y hablar, hablar hasta la medianoche.
Habitación de Katherine, 00:00.
•¿Estuviste en Canadá? – Preguntó Michael.
•¡Sí!, pero el programa en pro de la guerra fría, me pidió que ejerciera las veces de embajadora de la paz. Tuve que ir al consulado inglés para poder obtener aprobación del gobierno y… ¡Aquí me tienen!
Katherine reía, reía mucho.
Las risas que compartía con aquellos dos, eran las que solo se escuchan entre tres verdaderos amigos.
Amigos…
•Tengo que ir al baño – Dijo Alexander – ¡No tardo!
Si el latino le dio un permiso no necesario con sus gestos faciales, entonces la inglesa, no tendría porqué haberlo mirado.
Alexander estaba literalmente a punto de “reventar”, pero cuando hay phillim, ya no hay nada que hacer.
•¡Perdón!
Luego de irse corriendo, Michael miró a su vieja amiga unos pocos segundos y no pudo evitar contagiarla de su risa. Una risa agradable, una risa de amigos.
Amigos…
•Esa broma que le hicieron a la Profesora Bennett… ¿Sabías que en realidad me caí por las escaleras?
•¡En serio!, ¿No lo habrás hecho a propósito?
•Un buen actor, debe hacer realista su acto. Así que esos llantos, fueron muy reales.
•¡Wow!, no sabía que llegarías a tanto.
•Tampoco tú…
La ventana se encontraba abierta. Y aquellas algarabías, que alguna vez fueron risas, ahora eran silencios de una partitura muy incómoda.
Tenuemente, Michael la miraba.
•El día que le robaron la ropa a la profesora, ¿Fue un 14 de Junio?
•Sí…
•¿Recuerdas lo qué pasó el día después?
•Prefiero no hacerlo…
Katherine desvió la mirada levemente y enfocó, falsamente su atención, en los lentes que minuciosamente, fingía limpiar con el bordado de su vestido.
•El día que se llevaron a Alexander a un sanatorio mental, por haber disparado ese rifle a la pierna de aquel niño, yo estaba en le enfermería; viéndolo todo a través de la ventana.
•…
•Los guardias dijeron que ese día, él estuvo solo, pero tú estabas ahí.
Katherine quiso disuadir a su viejo amigo, tirando una expresión con su boca ligeramente abierta y sus ojos fijos en Michael. Esto, claramente rebotó en el latino, que cada vez la miraba con más escepticismo.
•Te pregunté qué hiciste ese día y me dijiste que habías estado todo el tiempo en el salón, experimentando con ranas. Al día siguiente te fuiste y quede solo. Entonces quise ir más a fondo y gracias a la ineptitud del conserje aquella noche, logré entrar a la oficina administrativa y encontrar el reporte de lo sucedido, ¿Sabes qué fue lo que leí?
•¡Yo intenté detenerlo!
•¡MENTIRA!
Editado por ElGatoBlanco en 03-01-2011 a las 05:03 PM.
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Los pasillos fingían guardar silencio, aquel divertido día de verano. La mayoría de los niños, jugaban todos afuera. Era hora del recreo y poco faltaba para el inicio de las vacaciones.
•¿Dónde están? No los veo por ningún lado – Pregunta histérica la mujer.
Ella sigue buscando, pero nadie la ayuda. Nadie debería, pues nunca alguien ha logrado salir de ahí.
¡Nunca!
Y él tenía que llorar. Llorar para que los pasillos le reclamaran silencio y el no respondería a ese silencio. En lugar de eso, continuaría llorando, hasta el momento en que fuesen por él los preocupados o interesados, que en nombre de la ley, prefieren acudir a la enfermería con un mocoso, que a la penitenciaría con un oficial.
El mocoso estaba herido, porque se había caído por las escaleras; pero él no debía estar en las escaleras, debía estar afuera, con los otros niños.
Otros niños…
Las risas entumecieron los oídos, de unos cada vez menos pacientes pasillos. Ahora venían por partida doble y se escuchaban ¡Alegres!, ¡Felices!, ¡Llenos de vida!; pero su amigo no.
•¡Alguien me empujó, Profesora!, ¡Juro que alguien me empujó!
La enfermera atendió al chico inmediatamente. La consulta no tardó más de cinco minutos, pero el chico lloró más de treinta.
La Doctora receto analgésicos y firmó la constancia, ¿La fecha?, 14 de Junio de 2013.
Habitación de Michael, 6:30.
En Latinoamérica hacía calor, ¡Mucho calor!, Michael lo sabía, aunque no tanto. Solo aceptaba dormir sin aire acondicionado en invierno, aunque el aparato que colgaba de la pared, pocas veces podía decir que gozaba del privilegio vacacional; sobre todo cuando el latino emplea sus funciones de calefactor para el crudo período cuatrimestral.
Michael, tendía a estar levantado y listo para ir al colegio, poco menos de treinta minutos antes de comenzar la jornada laboral.
Ya eran sin embargo, las 6:31 y el aire aún continuaba prendido. Sus compañeros clementes, tocaron varias veces la puerta. Jamás obtuvieron respuestas…
Katherine, que lo veía todo a través de sus recién pulidos lentes con bordado zafiro, temía conocer la respuesta.
•Quizás Michael, madrugó sin avisar.
Base de ADVENT, laboratorio clínico, 6:35.
•... Pero tú eres latino.
•Soy americano. No es lo mismo.
•De todos los extranjeros, y eso te incluye a ti, creo que la mejor opción ha debido ser Katherine, no entiendo tu preocupación.
•No la noto preocupado Doctora, ni siquiera extrañada.
•No hay nada de qué preocuparse.
•¿Por qué?
La curiosidad del joven piloto, era tan constante como el fluir del agua a través de una extensa catarata. La Doctora, si bien comprendía la situación de Michael, no entendía porque dudaba, porque le era tan difícil aceptar tener a una de sus mejores amigas, como compañera de oficio; aun cuando la misma, pertenecía a un país del entente europeo.
•Alexander es alemán, ¿También dudas de él?
•No.
•¿Por qué no?
•Porque él no me empujó por las escaleras, cuando yo tenía diez años.
Morristown tomó de inmediato su libreta y una mirada seria, reflejada en la conjunción de sus dos cejas, puestas una muy cerca de la otra. Dejando un terreno sinuoso, justo en la cima de su nariz.
•¿Leyó su expediente?
•Sí, pero no te concierne.
•No importa. Lo leí antes de venir aquí.
Elisabeth volvió a su antigua faceta de médico monótono y siguió anotando datos y más datos en su libreta. Los archivos, estaban guardados bajo llave en su gabinete. Una llave, que solo ella tenía.
•¿Qué encontraste?
•¿Importa?, usted afirmó haber leído el expediente, inclusive antes que yo. Pero no vine por eso.
•¿Entonces?
•¿Cuándo se anunció el arribo de la piloto de la Unidad 4 y a qué hora?
•Eso no te…
•¡Dígamelo!
¿En serio Elisabeth, iba a ceder a los caprichos de un mocoso de diecisiete años, que además la insultaba y alzaba la voz?
•Hace tres días, a las 11:30.
El suspiro de Michel fue claro. La hora, era la misma en la que había sido anunciada la entrada de los Kazelnu a territorio estadounidense.
•Imagino que inteligencia, debió hacerse un “ocho”, lidiando con el pasaporte de otra mocosa de diecisiete años.
•Tenían excusas para hacerlo y no serías sarcástico conmigo, si en realidad hubieras leído el expediente.
No creía en las casualidades, no creía en ADVENT y de a poco, estaba dejando de creer en sus amigos…
•“Porque él no me empujó por las escaleras, cuando yo tenía diez años”
Stocker, Aula del quinto año, 7:00.
•… ¡Muchas gracias a todos!
Katherine se había presentado y logrado agradar a más de uno, encantando a Alexander y disgustado a Rachel. Lo poco que Marcus, podía ver a través de sus binoculares, sobre la terraza del edificio “B”, no era algo que le gustase mucho. El sargento estadounidense estaba de hecho, contrariado.
Había tenido que dar muchas explicaciones esa mañana sobre la ausencia del piloto de la Unidad 2, pero ninguna de sus excusas brillaba por su fehaciencia. Notó sin embargo, que de todos, Katherine, fue la única que no preguntó por el paradero de su antiguo amigo.
Estaba en el baño la noche de ayer, y lo único que logró dilucidar entre los constantes gritos clamando piedad de Alexander, desde el otro lado de la puerta, fue:
•“¡MENTIRA!”
Juraba por la soberanía de su país, que esa era la voz de Michael.
Comedor, 8:20.
Alexander se sentó bien lejos de la pandilla del imbécil, que hacía tres días, lo había retado y por poco no vive para contarlo. No había de que preocuparse, tenía sus ojos en Jonah y su vida en PIKACHU; por más duro que fuese aceptarlo.
¿Pero por qué Katherine no estaba con él?, se supone que eran amigos. Estaba sentada, con chicas que la acompañaban. Eran muchas y todas tenían algo en común: Hasta hace tres días, estaban sentadas, con Rachel.
¿Tenía razones para desagradarle, caerle mal o inclusive odiarla?, ahora podía decir que sí.
Por eso era ella quien comía con el otaku y el nerd. Ya ellas, podían ir despidiéndose del título,
“Amigas oficiales de Rachel Barret”, aunque poco les importara, pues eran como caza-talentos y ya habían encontrado a su próxima superestrella.
Rachel masticó con prontitud sus alimentos, machacando inclusive algunos huesos de pollo. Jonah la veía desde el otro lado del mesón y recordaba los antiguos días donde se sentaba con las que en un momento llegaron a ser, “sus compinches”
No recordó, haberla visto comer con las manos, ni una sola vez.
El alemán por su lado, solo jugaba con el tenedor y hacía ruidos monótonos chocando el cubierto con el plato. La escena, hiso que el delegado perdiese por completo el apetito y dejase su desayuno a medio terminar.
Volteo una última vez, antes de pararse y eso fue suficiente para que tirase su bandeja de lleno al piso.
Las personas a su alrededor giraron intuitivamente y unos cuantos peatones, dieron saltos del susto.
Alexander rápidamente acudió en su ayuda y con brazo por debajo de la axila, pudo auxiliar a Jonah, rápidamente.
Tardó un tiempo en recuperar la compostura. El Delegado River llegó inclusive a sentir náuseas.
De pronto un temblor. Como si hubieran sacudido el instituto desde afuera, tratando de empujarlo desde uno de sus costados.
Los profesores pidieron calma antes de tiempo y los estudiantes atendieron a sus plegarias con gritos de desalojo y desesperación.
Alexander por su parte, permanecía de piernas cruzadas. Todavía sobre su banca para almorzar. Ya sabía de dónde provenía el sonido y Rachel, le seguía la corriente.
•Tranquilo – Replicó rápidamente, el alemán – A alguien se le habrá escapado la palabra PIKACHU, sin darse cuenta. Fallas en el sistema.
Continuaron comiendo y Jonah, por primera vez luego de varios minutos, pudo suspirar. Tomo asiento y puso en orden sus recuerdos.
“Primero tomé mi bandeja y me levanté… Luego di media vuelta y cuando la vi… ¡Oh!, ¡Por Dios!... ¡Juro que sus ojos cambiaron de negro a un rojo casi llameante!, ¡Los lentes de contacto no pueden hacer eso, Diablos!”
Pero Jonah entró en razón. Leslie, la chica de busto aplanado y cabellos de un incandescente color rojo, se hallaba muy cerca de ella, cuando en una parodia de la intuición, al joven River, se le ocurrió mirarla.
¿Por qué lo habría mirado ella también?, y ante todo, ¿Por qué de esa manera?, ¿Quién demonios es esa chica?, si sus compañeros ya sabían la causa del temblor y habían mantenido la calma, ¿Por qué ella salió corriendo con los demás?
•¿Por qué?...
ADVENT, Sección de inteligencia, 9:00.
Era hora de desayunar en ADVENT. Pocos tenían el privilegio de hacerlo más temprano, y ese número, difícilmente pasaba la docena de personas sin sonar exagerado, hasta para sus propios miembros. La ventaja de ingerir los alimentos cuando el estómago lo requiere y no cuando la burocracia así lo exige. Era una coartada casi perfecta.
La palabra “inteligencia”, en ADVENT, debía ir así, entre comillas. Brillar por su ausencia y ser el tema principal de un monólogo de cualquier día de los inocentes. Sentar a cada uno de los subordinados y gerentes de la misma, con sombreros puntiagudos y mirando hacia un rincón, no debería crear mayores dudas en el personal.
Pero estúpidos, sin embargo, no eran Elisabeth ni Michael. Obtuvieron un permiso fantasma, al no hallar a Larry (Guardia de seguridad), que muy confiado, fue a buscar su periódico que diariamente de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo y en diagonales; mientras bajo su regazo, protege un enorme vestíbulo que a la vez se trifurcaba en angostos pasillos con numerosas puertas de lado y lado, a ciegas. Todo un perro de patio.
El que no estuviera ahí, cuando siempre estaba, recaló amargamente en la consciencia de los entrometidos. El latino de diecisiete años no pudo evitar sentir escalofríos.
Caminaron por alguno de los pasillos (A las alturas que iban del mismo, ya ni recordaban por cual puerta habían entrado) y treinta metros luego, encontraron una puerta muy similar a las demás. Con un ventanal rectangular de cromo, pero sin letras que la identificasen. Era como una habitación fantasma y la única diferencia entre pórticos como ese y los que son dobles con ojos de pescado, era la longitud de la madera y en muchos casos, el material empleado.
Elisabeth adentró su mano en su holgado bolsillo y la hundió hasta hacer contacto con una superficie metálica que había chocado con alguna de sus uñas. Enderezó el rumbo de sus intenciones y cogió la pequeña llave del fondo.
La introdujo con calma en la puerta y la giró hacia la izquierda (Técnicas de seguridad, seguro han visto peores), la puerta no tardó en abrir y revelar un aura, que de aura no tenía absolutamente nada. Solo una ventana con las persianas a medio-cerrar y un escritorio bastante ordenado aunque de muy mal gusto.
No había papeles en el suelo, clips en la basura o circunferencias de café sobre la madera pulida. Todo era muy reacio, muy sobrio. Michael recordó, que no se hallaba en una casa embrujada, sino en un cuartel general y por más que intentaba hallar similitudes, su consciencia le decía que los campos de concentración, habían quedado atrás, ¡Muy atrás!
¿O no?
Se acercaron a un archivero que decía a leguas, ser más veterano en la instalación que el mismísimo Richter. Su oxido y mal estado, daban inclusive lástima.
Se supone que debía abrirse con otra llave. Una más pequeña, pero La Doctora no se tomó el tiempo ni la molestia de ir con tecnicismos: Un golpe al costado derecho del archivero, era más que suficiente.
Una de las gavetas, la primera para ser exactos, se abrió instantáneamente, quedando a medias afuera y exhalando una considerable cantidad de polvo. El roce de las columnas con los agarres no inmutó a Elisabeth. Ella solo continuó buscando.
Un dedo primero otro después, un dedo primero otro después, un dedo primero… - ¡Aquí está! – La escultural rubia palmó la carpeta varias veces antes de concederle el honor a Michel. No se molestó El Piloto, en preguntar por qué no había revisado ella primero su contenido.
•Ya habías estado aquí – Decía mientras pasaba las páginas.
•Tenía que estarlo. El perfil que me dieron de tu “amiguita” no me terminó de convencer por completo.
•Intuición del YO, ¿Les enseñan eso en la escuela de medicina? – Mencionó entre risas.
•Sí, pero no los maestros propiamente – Responde pícara.
La carpeta contenía todo lo esencial para un registro en la base subterránea secreta de cualquier lugar del planeta, y de otros inclusive. Pero acontecimientos, no había ninguno o al menos no hasta llegar a la mitad, cuando Michael vio una imagen que le encogió el corazón.
El detalle y la calidad eran tan perfectos, que hacían ver a la foto, cada vez más bizarra: Un desfile de niños, caminando por una carretera, de quién sabe qué parte de Inglaterra o el Reino Unido, con tres o cuatro escoltas (Bien abrigados, por cierto), cada uno con fusil en mano. Resaltaba la nieve a los costados del camino todavía no asfaltado y los charcos congelados de lodo en la superficie.
Allí, en lo que parecía ser una tercera fila zigzagueada, estaba Katherine, con la cabeza muy por los suelos.
El perfil de aquella niña en la captura, le hacía suponer al dubitativo piloto, que Katherine había caminado con la cabeza apuntando al suelo, toda el recorrido. Se fijó cada vez más en sus acompañantes, en los detalles, detalles, detalles…
De pronto se dio cuenta.
•Yo sé dónde tomaron esta foto.
Quién la tomó, era de seguro un detalle importante, pero por ahora, se debe ir con los datos que se tienen.
•No es Inglaterra… Es Estados Unidos, ¡Nueva Inglaterra!
•Ahí queda…
•El instituto primario NATE.
A Michael le parecía extraño. No recordaba ver a los niños llegar de esa manera, pero si tenía muy grabada en su mente la carretera sin asfaltar que los llevaba al instituto. El árbol estreñido y marchito, que nunca terminó por caerse, era otra prueba inapelable de que ese era el camino que conducía a NATE.
La pregunta después surgió, ¿Quién tomó la foto?, eso le importaría, después de haber estado todo ese rato viéndola. Total, no era una familia sonriente o unos bebes risueños, ¡Eran unos jodidos niños marchando por un camino enlodado en pleno invierno, carajo!, no un desfile, ¡Niños!
Y entre esos niños se hallaba Katherine.
Ojeó. La Doctora permanecía de brazos cruzados y mirando al infinito desde la pared, tal cual había quedado luego de entregarle la carpeta. Siguió pasando páginas que estaban divididas por fechas, hasta llegar a aquel día: 14 de Junio de 2013.
La descripción exacta del día que había tenido, todo lo que comió, las veces que fue al baño. Archivado y clasificado de manera tal, que diese el mayor de los miedos posibles. Porque esto, además de inteligencia, solo lo hacen los acosadores y asesinos en serie, aunque la sección pre-frontal de ADVENT, estaba muy alejada de la sutileza que portaban muchos de eso antisociales.
14 de Junio de 2013, se extendió tan poco que El Piloto llegó a decepcionarse. Pero no solo por ese día, había infortunado a la Doctora, también estaba el siguiente: 15 de Junio de 2013.
El reporte de buenas a primeras, comenzaba muy similar al del día anterior; con ligeros cambios en el menú de la comida y los horarios de salida del tren (Si no entienden el sarcasmo…), siquiera tribulaciones copiosas podía Michael llegar a recatar.
Pero hubo algo… ¡Algo extraño!
Katherine había hablado con un hombre, según los reportes era su padre, y lo hiso poco más de setenta y cinco minutos ese día, antes de partir. Michael recordó haber visto a un señor que los miraba a ambos en la enfermería, desde el pasillo constantemente. Sin pestañear.
Cuando la niña de diez años, corrió entre sollozos para despedirse de su compañero, el infante la abrazó con la misma fuerza que su amiga le confirió. Tuvo que cerrar los ojos momentáneamente para hacerlo bien, pero luego los abrió y ahí estaba…
Era alto, de frente amplia, debido a las prolongadas entradas que tenía hacia ambos costados. Peinaba el poco cabello que le quedaba totalmente hacia atrás. Jamás parpadeaba y por eso pudo recordar sus ojos azules. No era lampiño, tenía un bigote de buen gustó debajo de su alargada y respingada nariz. Tez blanca, traje de chapilla y brazos alargados, que estuvieron la mayor parte del tiempo, unidos por sus puños a la espalda.
No se movió, solo respondió a los estímulos externos cuando Katherine regresó paulatinamente para avisarle que ya estaba bien, que podían irse. No alcanzó a escuchar su voz, pero si vio claramente como se le movían sus labios en un corto y medido movimiento que no pudo llegar a leer. Maldecía el día, en que lo habían comparado con un erudito por descifrar el teorema de Pitágoras, cuando apenas cursaba el sexto grado.
Ese hombre. El habló con ella ese día y al siguiente también. Michael se había adelantado y ya se encontraba en el meridiano del 16 de Junio de 2013.
Lo último que recordó, fue la manera tan abismalmente diferente en que Katherine abandonó NATE para tomar rumbo a Canadá, según las especificaciones del archivo.
La limusina que pasó por ella, no recogió a nadie más. Solo hubo una persona, que ya se hallaba adentro. Posiblemente, la misma del otro día.
El destello que surcó su cabeza como una estrella fugaz o un meteorito, lo pudo percibir y no se había sentido tan entusiasmado y deductivo, desde la última vez que presentó un examen de matemáticas.
Él le había preguntado algo a Katherine ese día, cuando ella todavía lo abrazaba, recostado de la camilla en la enfermería.
Flashback, 15 de Junio 2013, 13:34.
•¿Quién es él?
Señaló ligeramente con el dedo. Trató de hacerlo lo suficiente, como para que aquel hombre no lo viera. Katherine giró para presenciarlo y dar razón a lo que su consciencia le repetía a gritos.
•“¡Es él, Tu padre!, ¿A quién más iba a señalar?”
•Es mi papá…
•¡Oh!, tú papá… ¿Te vino a visitar?
•No. Me vino a buscar. Me voy de la escuela, Michael.
Recordó sentirse devastado en ese momento. Una hora antes le habían dicho que Alexander iba a ser transferido de escuela por su conducta antisocial y Katherine era la única amiga de verdad, que todavía le quedaba.
La tristeza fue tan grande, que olvidó por completo la tétrica mirada y pocos gestos del padre de Katherine. Recordó haber visto a un hombre muy parecido en la Tv, en una película de terror, más específicamente. Una noche, que junto a los otros chicos, se escaparon al salón de audio y video para ver películas en la madrugada.
•“¿Cómo era que se llamaba?...”
•¡Annibal Lecter! – Dijo en voz alta.
•¿Disculpa?...
El chico enyesado, maldijo su vehemencia y poco sentido común, para contestar a la niña con una excusa improvisada.
•Nada…
•Está bien…
En voz baja miro a un costado de la habitación y sintió el deseo casi imperativo de preguntar.
•¿Cómo se llama tu papá?
•¿Mi papá? ... ¡William!
•William…
Katherine empezaba a dudar de la curiosidad de su amigo. Michael se dio cuenta de esto e inventó otra excusa.
•¡Despídeme de él!
•¡Sí!
Lo abrazó una vez más y le confió la despedida a Alexander, en sus manos. El solo asintió con la cabeza y la vio irse, todavía con lágrimas en la cara.
Murmuro unas cosas con su papá y luego se fue. Permaneció el resto del día en camilla. Al siguiente, despertó tarde, pero a tiempo para ver la limusina llegar y retirarse.
Luego de eso, los días se volvieron muy tranquilos, hasta que ya recuperado, hiso aquello a lo que remake-aba en ese preciso momento y averiguó un par de cosas, que le hicieron dudar a la temprana edad de diez años, de su mejor amiga.
Ignoró todos los detalles y solo prestó a atención a las delgadas y frías dos líneas que dilataron sus pupilas, cuencas y extremidades hasta entumecerlo.
El rifle con el que Alexander había disparado a aquel niño en la pierna, pertenecía al mismo hombre que ella había dicho, era su papá.
No hubo muchos datos que importaran luego de eso. La remitente fue Katherine, la víctima Alexander y el ganador, de alguna manera: William…
•“William”…
Fin del Flashback.
La carpeta poseía como último documento un acta. Allí se hallaba establecido y asegurado de manera formal y con puño y letra del primer ministro británico, que la transacción de Katherine Albarn, había sido felizmente concedida y que actuaría como embajadora de la paz, sin retribuciones de ningún tipo por parte del gobierno norteamericano.
Canadá y América Latina entera, estuvieron en desacuerdo desde un principio, pero esas noticias, no se transmitían por televisión. Michael debía enterarse de manera ilegal, ¿Quién diría, que en un país de primer mundo donde reinan las descargas ilícitas, se debía llegar al extremo de descargar cosas como esta?
¿Quién diría, que la piratería, pasaría a ser sinónimo de verdad?
Observó de reojo el permiso, que pertenecía a la persona a cargo del cuidado de la joven Albarn. Una firma en forma de “W” y un nombre por demás obvio: William Albarn.
Al parecer Katherine, después de todo, había dicho la verdad.
El latino cerró la carpeta de par en par y levantó la vista, sin mirar hacia ningún lado en particular. Fijándose en su interior. Pensando y recatando…
No tuvo mucho tiempo para eso. La Doctora, tomó su humanidad robada por unos segundos y lo introdujo de nueva cuenta al mundo real.
Cerró la puerta con prontitud y luego echaron a correr. Alguien venía, escuchaban sus pasos.
Ese “alguien”, no alcanzó a verlos, ni mucho menos a alcanzarlos pero el saber que dos personas estuvieron husmeando por los pasillos de inteligencia, le ponía en una situación, que inmediatamente lo hacía dudar de quien fuera, excepto claro, de Larry.
Abrió la puerta de reojo y entró. Supo de inmediato lo que estuvieron haciendo y lo que se habían llevado.
El gabinete, quedó abierto y los documentos de Katherine Albarn ya no estaban.
El hombre esbozó una sonrisa y prendió la luz. Sus ojos “azules”, brillaron con la intensidad vivaz de una epifanía representándose con el foco de un bombillo.
Luego cerró la puerta, y eso fue lo último que se escuchó.
Entrada del instituto Stocker, 13:00.
Habían salido tarde ese día. El ser cómplices de la persona, que hiso volar medio salón de ciencias (Con alumnos y un profesor todavía adentro), logró retrasar su ya de por sí, apretada agenda, que no se limitaba a salir de Stocker y volver a sus hogares. No. Tenían cuentas pendientes con ADVENT.
Marcus quitó el seguro de la camioneta, pero no pudo aproximarse mucho más a ella, antes de que La Doctora llegara ecuánime al lugar.
Se interpuso en el camino, con disposición a dejarlos ir, a cambio de…
•Me llevo a Katherine. Puedes ir con los otros a la casa.
La inglesa de anteojos y cabello negro dudaba en si debía obedecer esas órdenes. En buena parte, porque en ese auto, iba Michael de co-piloto.
Marcus la calmó a medias con una sonrisa que decía, “¡Hey!, ¡Todo estará bien!”
En realidad no tomaron en cuenta nunca el tono de voz, con que Morristown se dirigió a ellos.
Para el trío de pilotos, el que Michael fuese, “el co-piloto”, era motivo suficiente para largarse tranquilos.
De esa manera Katherine subió al asiento trasero y el Chevrolet Camaro, puso marcha en reversa para dar un giro de 270° y salir rápidamente del estacionamiento. No tardaron en tomar vías de autopista. La chica abrazaba cada vez más su ya bastante espachurrado bolso. Apretaba los labios y juntaba los dientes. Las noticias, sobre una invasión Bélgica por parte de Canadá y una insurrección en Osaka de fuerzas clandestinas rusas, no calmaban sus nervios.
Miró por debajo de su pollina hacia el retrovisor y se dio cuenta de que ninguno de los dos, le había dejado de prestar atención.
Llegaron a un lugar que distaba mucho de los suburbios donde vivían. Inclusive quedaba lejos de cualquiera de las entradas secretas a ADVENT.
El edificio llevaba por nombre Golden Stone, y está demás aclarar quién es la persona que vive ahí.
•Pasaran la noche aquí. Mandaré a un guardia por alguna de tus cosas para que estés cómoda.
•¿Volveré a mi casa?
•Mañana volverás a casa – Respondió La Doctora.
CODE 08: A Stormy Past
Los pasillos fingían guardar silencio, aquel divertido día de verano. La mayoría de los niños, jugaban todos afuera. Era hora del recreo y poco faltaba para el inicio de las vacaciones.
•¿Dónde están? No los veo por ningún lado – Pregunta histérica la mujer.
Ella sigue buscando, pero nadie la ayuda. Nadie debería, pues nunca alguien ha logrado salir de ahí.
¡Nunca!
Y él tenía que llorar. Llorar para que los pasillos le reclamaran silencio y el no respondería a ese silencio. En lugar de eso, continuaría llorando, hasta el momento en que fuesen por él los preocupados o interesados, que en nombre de la ley, prefieren acudir a la enfermería con un mocoso, que a la penitenciaría con un oficial.
El mocoso estaba herido, porque se había caído por las escaleras; pero él no debía estar en las escaleras, debía estar afuera, con los otros niños.
Otros niños…
Las risas entumecieron los oídos, de unos cada vez menos pacientes pasillos. Ahora venían por partida doble y se escuchaban ¡Alegres!, ¡Felices!, ¡Llenos de vida!; pero su amigo no.
•¡Alguien me empujó, Profesora!, ¡Juro que alguien me empujó!
La enfermera atendió al chico inmediatamente. La consulta no tardó más de cinco minutos, pero el chico lloró más de treinta.
La Doctora receto analgésicos y firmó la constancia, ¿La fecha?, 14 de Junio de 2013.
Habitación de Michael, 6:30.
En Latinoamérica hacía calor, ¡Mucho calor!, Michael lo sabía, aunque no tanto. Solo aceptaba dormir sin aire acondicionado en invierno, aunque el aparato que colgaba de la pared, pocas veces podía decir que gozaba del privilegio vacacional; sobre todo cuando el latino emplea sus funciones de calefactor para el crudo período cuatrimestral.
Michael, tendía a estar levantado y listo para ir al colegio, poco menos de treinta minutos antes de comenzar la jornada laboral.
Ya eran sin embargo, las 6:31 y el aire aún continuaba prendido. Sus compañeros clementes, tocaron varias veces la puerta. Jamás obtuvieron respuestas…
Katherine, que lo veía todo a través de sus recién pulidos lentes con bordado zafiro, temía conocer la respuesta.
•Quizás Michael, madrugó sin avisar.
Base de ADVENT, laboratorio clínico, 6:35.
•... Pero tú eres latino.
•Soy americano. No es lo mismo.
•De todos los extranjeros, y eso te incluye a ti, creo que la mejor opción ha debido ser Katherine, no entiendo tu preocupación.
•No la noto preocupado Doctora, ni siquiera extrañada.
•No hay nada de qué preocuparse.
•¿Por qué?
La curiosidad del joven piloto, era tan constante como el fluir del agua a través de una extensa catarata. La Doctora, si bien comprendía la situación de Michael, no entendía porque dudaba, porque le era tan difícil aceptar tener a una de sus mejores amigas, como compañera de oficio; aun cuando la misma, pertenecía a un país del entente europeo.
•Alexander es alemán, ¿También dudas de él?
•No.
•¿Por qué no?
•Porque él no me empujó por las escaleras, cuando yo tenía diez años.
Morristown tomó de inmediato su libreta y una mirada seria, reflejada en la conjunción de sus dos cejas, puestas una muy cerca de la otra. Dejando un terreno sinuoso, justo en la cima de su nariz.
•¿Leyó su expediente?
•Sí, pero no te concierne.
•No importa. Lo leí antes de venir aquí.
Elisabeth volvió a su antigua faceta de médico monótono y siguió anotando datos y más datos en su libreta. Los archivos, estaban guardados bajo llave en su gabinete. Una llave, que solo ella tenía.
•¿Qué encontraste?
•¿Importa?, usted afirmó haber leído el expediente, inclusive antes que yo. Pero no vine por eso.
•¿Entonces?
•¿Cuándo se anunció el arribo de la piloto de la Unidad 4 y a qué hora?
•Eso no te…
•¡Dígamelo!
¿En serio Elisabeth, iba a ceder a los caprichos de un mocoso de diecisiete años, que además la insultaba y alzaba la voz?
•Hace tres días, a las 11:30.
El suspiro de Michel fue claro. La hora, era la misma en la que había sido anunciada la entrada de los Kazelnu a territorio estadounidense.
•Imagino que inteligencia, debió hacerse un “ocho”, lidiando con el pasaporte de otra mocosa de diecisiete años.
•Tenían excusas para hacerlo y no serías sarcástico conmigo, si en realidad hubieras leído el expediente.
No creía en las casualidades, no creía en ADVENT y de a poco, estaba dejando de creer en sus amigos…
•“Porque él no me empujó por las escaleras, cuando yo tenía diez años”
Stocker, Aula del quinto año, 7:00.
•… ¡Muchas gracias a todos!
Katherine se había presentado y logrado agradar a más de uno, encantando a Alexander y disgustado a Rachel. Lo poco que Marcus, podía ver a través de sus binoculares, sobre la terraza del edificio “B”, no era algo que le gustase mucho. El sargento estadounidense estaba de hecho, contrariado.
Había tenido que dar muchas explicaciones esa mañana sobre la ausencia del piloto de la Unidad 2, pero ninguna de sus excusas brillaba por su fehaciencia. Notó sin embargo, que de todos, Katherine, fue la única que no preguntó por el paradero de su antiguo amigo.
Estaba en el baño la noche de ayer, y lo único que logró dilucidar entre los constantes gritos clamando piedad de Alexander, desde el otro lado de la puerta, fue:
•“¡MENTIRA!”
Juraba por la soberanía de su país, que esa era la voz de Michael.
Comedor, 8:20.
Alexander se sentó bien lejos de la pandilla del imbécil, que hacía tres días, lo había retado y por poco no vive para contarlo. No había de que preocuparse, tenía sus ojos en Jonah y su vida en PIKACHU; por más duro que fuese aceptarlo.
¿Pero por qué Katherine no estaba con él?, se supone que eran amigos. Estaba sentada, con chicas que la acompañaban. Eran muchas y todas tenían algo en común: Hasta hace tres días, estaban sentadas, con Rachel.
¿Tenía razones para desagradarle, caerle mal o inclusive odiarla?, ahora podía decir que sí.
Por eso era ella quien comía con el otaku y el nerd. Ya ellas, podían ir despidiéndose del título,
“Amigas oficiales de Rachel Barret”, aunque poco les importara, pues eran como caza-talentos y ya habían encontrado a su próxima superestrella.
Rachel masticó con prontitud sus alimentos, machacando inclusive algunos huesos de pollo. Jonah la veía desde el otro lado del mesón y recordaba los antiguos días donde se sentaba con las que en un momento llegaron a ser, “sus compinches”
No recordó, haberla visto comer con las manos, ni una sola vez.
El alemán por su lado, solo jugaba con el tenedor y hacía ruidos monótonos chocando el cubierto con el plato. La escena, hiso que el delegado perdiese por completo el apetito y dejase su desayuno a medio terminar.
Volteo una última vez, antes de pararse y eso fue suficiente para que tirase su bandeja de lleno al piso.
Las personas a su alrededor giraron intuitivamente y unos cuantos peatones, dieron saltos del susto.
Alexander rápidamente acudió en su ayuda y con brazo por debajo de la axila, pudo auxiliar a Jonah, rápidamente.
Tardó un tiempo en recuperar la compostura. El Delegado River llegó inclusive a sentir náuseas.
De pronto un temblor. Como si hubieran sacudido el instituto desde afuera, tratando de empujarlo desde uno de sus costados.
Los profesores pidieron calma antes de tiempo y los estudiantes atendieron a sus plegarias con gritos de desalojo y desesperación.
Alexander por su parte, permanecía de piernas cruzadas. Todavía sobre su banca para almorzar. Ya sabía de dónde provenía el sonido y Rachel, le seguía la corriente.
•Tranquilo – Replicó rápidamente, el alemán – A alguien se le habrá escapado la palabra PIKACHU, sin darse cuenta. Fallas en el sistema.
Continuaron comiendo y Jonah, por primera vez luego de varios minutos, pudo suspirar. Tomo asiento y puso en orden sus recuerdos.
“Primero tomé mi bandeja y me levanté… Luego di media vuelta y cuando la vi… ¡Oh!, ¡Por Dios!... ¡Juro que sus ojos cambiaron de negro a un rojo casi llameante!, ¡Los lentes de contacto no pueden hacer eso, Diablos!”
Pero Jonah entró en razón. Leslie, la chica de busto aplanado y cabellos de un incandescente color rojo, se hallaba muy cerca de ella, cuando en una parodia de la intuición, al joven River, se le ocurrió mirarla.
¿Por qué lo habría mirado ella también?, y ante todo, ¿Por qué de esa manera?, ¿Quién demonios es esa chica?, si sus compañeros ya sabían la causa del temblor y habían mantenido la calma, ¿Por qué ella salió corriendo con los demás?
•¿Por qué?...
ADVENT, Sección de inteligencia, 9:00.
Era hora de desayunar en ADVENT. Pocos tenían el privilegio de hacerlo más temprano, y ese número, difícilmente pasaba la docena de personas sin sonar exagerado, hasta para sus propios miembros. La ventaja de ingerir los alimentos cuando el estómago lo requiere y no cuando la burocracia así lo exige. Era una coartada casi perfecta.
La palabra “inteligencia”, en ADVENT, debía ir así, entre comillas. Brillar por su ausencia y ser el tema principal de un monólogo de cualquier día de los inocentes. Sentar a cada uno de los subordinados y gerentes de la misma, con sombreros puntiagudos y mirando hacia un rincón, no debería crear mayores dudas en el personal.
Pero estúpidos, sin embargo, no eran Elisabeth ni Michael. Obtuvieron un permiso fantasma, al no hallar a Larry (Guardia de seguridad), que muy confiado, fue a buscar su periódico que diariamente de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo y en diagonales; mientras bajo su regazo, protege un enorme vestíbulo que a la vez se trifurcaba en angostos pasillos con numerosas puertas de lado y lado, a ciegas. Todo un perro de patio.
El que no estuviera ahí, cuando siempre estaba, recaló amargamente en la consciencia de los entrometidos. El latino de diecisiete años no pudo evitar sentir escalofríos.
Caminaron por alguno de los pasillos (A las alturas que iban del mismo, ya ni recordaban por cual puerta habían entrado) y treinta metros luego, encontraron una puerta muy similar a las demás. Con un ventanal rectangular de cromo, pero sin letras que la identificasen. Era como una habitación fantasma y la única diferencia entre pórticos como ese y los que son dobles con ojos de pescado, era la longitud de la madera y en muchos casos, el material empleado.
Elisabeth adentró su mano en su holgado bolsillo y la hundió hasta hacer contacto con una superficie metálica que había chocado con alguna de sus uñas. Enderezó el rumbo de sus intenciones y cogió la pequeña llave del fondo.
La introdujo con calma en la puerta y la giró hacia la izquierda (Técnicas de seguridad, seguro han visto peores), la puerta no tardó en abrir y revelar un aura, que de aura no tenía absolutamente nada. Solo una ventana con las persianas a medio-cerrar y un escritorio bastante ordenado aunque de muy mal gusto.
No había papeles en el suelo, clips en la basura o circunferencias de café sobre la madera pulida. Todo era muy reacio, muy sobrio. Michael recordó, que no se hallaba en una casa embrujada, sino en un cuartel general y por más que intentaba hallar similitudes, su consciencia le decía que los campos de concentración, habían quedado atrás, ¡Muy atrás!
¿O no?
Se acercaron a un archivero que decía a leguas, ser más veterano en la instalación que el mismísimo Richter. Su oxido y mal estado, daban inclusive lástima.
Se supone que debía abrirse con otra llave. Una más pequeña, pero La Doctora no se tomó el tiempo ni la molestia de ir con tecnicismos: Un golpe al costado derecho del archivero, era más que suficiente.
Una de las gavetas, la primera para ser exactos, se abrió instantáneamente, quedando a medias afuera y exhalando una considerable cantidad de polvo. El roce de las columnas con los agarres no inmutó a Elisabeth. Ella solo continuó buscando.
Un dedo primero otro después, un dedo primero otro después, un dedo primero… - ¡Aquí está! – La escultural rubia palmó la carpeta varias veces antes de concederle el honor a Michel. No se molestó El Piloto, en preguntar por qué no había revisado ella primero su contenido.
•Ya habías estado aquí – Decía mientras pasaba las páginas.
•Tenía que estarlo. El perfil que me dieron de tu “amiguita” no me terminó de convencer por completo.
•Intuición del YO, ¿Les enseñan eso en la escuela de medicina? – Mencionó entre risas.
•Sí, pero no los maestros propiamente – Responde pícara.
La carpeta contenía todo lo esencial para un registro en la base subterránea secreta de cualquier lugar del planeta, y de otros inclusive. Pero acontecimientos, no había ninguno o al menos no hasta llegar a la mitad, cuando Michael vio una imagen que le encogió el corazón.
El detalle y la calidad eran tan perfectos, que hacían ver a la foto, cada vez más bizarra: Un desfile de niños, caminando por una carretera, de quién sabe qué parte de Inglaterra o el Reino Unido, con tres o cuatro escoltas (Bien abrigados, por cierto), cada uno con fusil en mano. Resaltaba la nieve a los costados del camino todavía no asfaltado y los charcos congelados de lodo en la superficie.
Allí, en lo que parecía ser una tercera fila zigzagueada, estaba Katherine, con la cabeza muy por los suelos.
El perfil de aquella niña en la captura, le hacía suponer al dubitativo piloto, que Katherine había caminado con la cabeza apuntando al suelo, toda el recorrido. Se fijó cada vez más en sus acompañantes, en los detalles, detalles, detalles…
De pronto se dio cuenta.
•Yo sé dónde tomaron esta foto.
Quién la tomó, era de seguro un detalle importante, pero por ahora, se debe ir con los datos que se tienen.
•No es Inglaterra… Es Estados Unidos, ¡Nueva Inglaterra!
•Ahí queda…
•El instituto primario NATE.
A Michael le parecía extraño. No recordaba ver a los niños llegar de esa manera, pero si tenía muy grabada en su mente la carretera sin asfaltar que los llevaba al instituto. El árbol estreñido y marchito, que nunca terminó por caerse, era otra prueba inapelable de que ese era el camino que conducía a NATE.
La pregunta después surgió, ¿Quién tomó la foto?, eso le importaría, después de haber estado todo ese rato viéndola. Total, no era una familia sonriente o unos bebes risueños, ¡Eran unos jodidos niños marchando por un camino enlodado en pleno invierno, carajo!, no un desfile, ¡Niños!
Y entre esos niños se hallaba Katherine.
Ojeó. La Doctora permanecía de brazos cruzados y mirando al infinito desde la pared, tal cual había quedado luego de entregarle la carpeta. Siguió pasando páginas que estaban divididas por fechas, hasta llegar a aquel día: 14 de Junio de 2013.
La descripción exacta del día que había tenido, todo lo que comió, las veces que fue al baño. Archivado y clasificado de manera tal, que diese el mayor de los miedos posibles. Porque esto, además de inteligencia, solo lo hacen los acosadores y asesinos en serie, aunque la sección pre-frontal de ADVENT, estaba muy alejada de la sutileza que portaban muchos de eso antisociales.
14 de Junio de 2013, se extendió tan poco que El Piloto llegó a decepcionarse. Pero no solo por ese día, había infortunado a la Doctora, también estaba el siguiente: 15 de Junio de 2013.
El reporte de buenas a primeras, comenzaba muy similar al del día anterior; con ligeros cambios en el menú de la comida y los horarios de salida del tren (Si no entienden el sarcasmo…), siquiera tribulaciones copiosas podía Michael llegar a recatar.
Pero hubo algo… ¡Algo extraño!
Katherine había hablado con un hombre, según los reportes era su padre, y lo hiso poco más de setenta y cinco minutos ese día, antes de partir. Michael recordó haber visto a un señor que los miraba a ambos en la enfermería, desde el pasillo constantemente. Sin pestañear.
Cuando la niña de diez años, corrió entre sollozos para despedirse de su compañero, el infante la abrazó con la misma fuerza que su amiga le confirió. Tuvo que cerrar los ojos momentáneamente para hacerlo bien, pero luego los abrió y ahí estaba…
Era alto, de frente amplia, debido a las prolongadas entradas que tenía hacia ambos costados. Peinaba el poco cabello que le quedaba totalmente hacia atrás. Jamás parpadeaba y por eso pudo recordar sus ojos azules. No era lampiño, tenía un bigote de buen gustó debajo de su alargada y respingada nariz. Tez blanca, traje de chapilla y brazos alargados, que estuvieron la mayor parte del tiempo, unidos por sus puños a la espalda.
No se movió, solo respondió a los estímulos externos cuando Katherine regresó paulatinamente para avisarle que ya estaba bien, que podían irse. No alcanzó a escuchar su voz, pero si vio claramente como se le movían sus labios en un corto y medido movimiento que no pudo llegar a leer. Maldecía el día, en que lo habían comparado con un erudito por descifrar el teorema de Pitágoras, cuando apenas cursaba el sexto grado.
Ese hombre. El habló con ella ese día y al siguiente también. Michael se había adelantado y ya se encontraba en el meridiano del 16 de Junio de 2013.
Lo último que recordó, fue la manera tan abismalmente diferente en que Katherine abandonó NATE para tomar rumbo a Canadá, según las especificaciones del archivo.
La limusina que pasó por ella, no recogió a nadie más. Solo hubo una persona, que ya se hallaba adentro. Posiblemente, la misma del otro día.
El destello que surcó su cabeza como una estrella fugaz o un meteorito, lo pudo percibir y no se había sentido tan entusiasmado y deductivo, desde la última vez que presentó un examen de matemáticas.
Él le había preguntado algo a Katherine ese día, cuando ella todavía lo abrazaba, recostado de la camilla en la enfermería.
Flashback, 15 de Junio 2013, 13:34.
•¿Quién es él?
Señaló ligeramente con el dedo. Trató de hacerlo lo suficiente, como para que aquel hombre no lo viera. Katherine giró para presenciarlo y dar razón a lo que su consciencia le repetía a gritos.
•“¡Es él, Tu padre!, ¿A quién más iba a señalar?”
•Es mi papá…
•¡Oh!, tú papá… ¿Te vino a visitar?
•No. Me vino a buscar. Me voy de la escuela, Michael.
Recordó sentirse devastado en ese momento. Una hora antes le habían dicho que Alexander iba a ser transferido de escuela por su conducta antisocial y Katherine era la única amiga de verdad, que todavía le quedaba.
La tristeza fue tan grande, que olvidó por completo la tétrica mirada y pocos gestos del padre de Katherine. Recordó haber visto a un hombre muy parecido en la Tv, en una película de terror, más específicamente. Una noche, que junto a los otros chicos, se escaparon al salón de audio y video para ver películas en la madrugada.
•“¿Cómo era que se llamaba?...”
•¡Annibal Lecter! – Dijo en voz alta.
•¿Disculpa?...
El chico enyesado, maldijo su vehemencia y poco sentido común, para contestar a la niña con una excusa improvisada.
•Nada…
•Está bien…
En voz baja miro a un costado de la habitación y sintió el deseo casi imperativo de preguntar.
•¿Cómo se llama tu papá?
•¿Mi papá? ... ¡William!
•William…
Katherine empezaba a dudar de la curiosidad de su amigo. Michael se dio cuenta de esto e inventó otra excusa.
•¡Despídeme de él!
•¡Sí!
Lo abrazó una vez más y le confió la despedida a Alexander, en sus manos. El solo asintió con la cabeza y la vio irse, todavía con lágrimas en la cara.
Murmuro unas cosas con su papá y luego se fue. Permaneció el resto del día en camilla. Al siguiente, despertó tarde, pero a tiempo para ver la limusina llegar y retirarse.
Luego de eso, los días se volvieron muy tranquilos, hasta que ya recuperado, hiso aquello a lo que remake-aba en ese preciso momento y averiguó un par de cosas, que le hicieron dudar a la temprana edad de diez años, de su mejor amiga.
Ignoró todos los detalles y solo prestó a atención a las delgadas y frías dos líneas que dilataron sus pupilas, cuencas y extremidades hasta entumecerlo.
El rifle con el que Alexander había disparado a aquel niño en la pierna, pertenecía al mismo hombre que ella había dicho, era su papá.
No hubo muchos datos que importaran luego de eso. La remitente fue Katherine, la víctima Alexander y el ganador, de alguna manera: William…
•“William”…
Fin del Flashback.
La carpeta poseía como último documento un acta. Allí se hallaba establecido y asegurado de manera formal y con puño y letra del primer ministro británico, que la transacción de Katherine Albarn, había sido felizmente concedida y que actuaría como embajadora de la paz, sin retribuciones de ningún tipo por parte del gobierno norteamericano.
Canadá y América Latina entera, estuvieron en desacuerdo desde un principio, pero esas noticias, no se transmitían por televisión. Michael debía enterarse de manera ilegal, ¿Quién diría, que en un país de primer mundo donde reinan las descargas ilícitas, se debía llegar al extremo de descargar cosas como esta?
¿Quién diría, que la piratería, pasaría a ser sinónimo de verdad?
Observó de reojo el permiso, que pertenecía a la persona a cargo del cuidado de la joven Albarn. Una firma en forma de “W” y un nombre por demás obvio: William Albarn.
Al parecer Katherine, después de todo, había dicho la verdad.
El latino cerró la carpeta de par en par y levantó la vista, sin mirar hacia ningún lado en particular. Fijándose en su interior. Pensando y recatando…
No tuvo mucho tiempo para eso. La Doctora, tomó su humanidad robada por unos segundos y lo introdujo de nueva cuenta al mundo real.
Cerró la puerta con prontitud y luego echaron a correr. Alguien venía, escuchaban sus pasos.
Ese “alguien”, no alcanzó a verlos, ni mucho menos a alcanzarlos pero el saber que dos personas estuvieron husmeando por los pasillos de inteligencia, le ponía en una situación, que inmediatamente lo hacía dudar de quien fuera, excepto claro, de Larry.
Abrió la puerta de reojo y entró. Supo de inmediato lo que estuvieron haciendo y lo que se habían llevado.
El gabinete, quedó abierto y los documentos de Katherine Albarn ya no estaban.
El hombre esbozó una sonrisa y prendió la luz. Sus ojos “azules”, brillaron con la intensidad vivaz de una epifanía representándose con el foco de un bombillo.
Luego cerró la puerta, y eso fue lo último que se escuchó.
Entrada del instituto Stocker, 13:00.
Habían salido tarde ese día. El ser cómplices de la persona, que hiso volar medio salón de ciencias (Con alumnos y un profesor todavía adentro), logró retrasar su ya de por sí, apretada agenda, que no se limitaba a salir de Stocker y volver a sus hogares. No. Tenían cuentas pendientes con ADVENT.
Marcus quitó el seguro de la camioneta, pero no pudo aproximarse mucho más a ella, antes de que La Doctora llegara ecuánime al lugar.
Se interpuso en el camino, con disposición a dejarlos ir, a cambio de…
•Me llevo a Katherine. Puedes ir con los otros a la casa.
La inglesa de anteojos y cabello negro dudaba en si debía obedecer esas órdenes. En buena parte, porque en ese auto, iba Michael de co-piloto.
Marcus la calmó a medias con una sonrisa que decía, “¡Hey!, ¡Todo estará bien!”
En realidad no tomaron en cuenta nunca el tono de voz, con que Morristown se dirigió a ellos.
Para el trío de pilotos, el que Michael fuese, “el co-piloto”, era motivo suficiente para largarse tranquilos.
De esa manera Katherine subió al asiento trasero y el Chevrolet Camaro, puso marcha en reversa para dar un giro de 270° y salir rápidamente del estacionamiento. No tardaron en tomar vías de autopista. La chica abrazaba cada vez más su ya bastante espachurrado bolso. Apretaba los labios y juntaba los dientes. Las noticias, sobre una invasión Bélgica por parte de Canadá y una insurrección en Osaka de fuerzas clandestinas rusas, no calmaban sus nervios.
Miró por debajo de su pollina hacia el retrovisor y se dio cuenta de que ninguno de los dos, le había dejado de prestar atención.
Llegaron a un lugar que distaba mucho de los suburbios donde vivían. Inclusive quedaba lejos de cualquiera de las entradas secretas a ADVENT.
El edificio llevaba por nombre Golden Stone, y está demás aclarar quién es la persona que vive ahí.
•Pasaran la noche aquí. Mandaré a un guardia por alguna de tus cosas para que estés cómoda.
•¿Volveré a mi casa?
•Mañana volverás a casa – Respondió La Doctora.
Editado por ElGatoBlanco en 03-02-2011 a las 07:37 PM.
Razón: El Mensaje fue editado o convinado por no respetar la regla de doble post.
Posts: 13
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Re: [OF]PATRIOTS: Battles of Liberty.
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La anchura del estacionamiento, no podía limitarse a los que impusiera una pared de concreto. El montón de carros, puestos uno al lado del otro, bloqueaban la vista que transitaba a través de esos anteojos con enmarcado de platina, color zafiro. La indulgencia de las camionetas 4x4, no dejaba ver más allá.
Aunque en el fondo, no era importante ni le interesaba. No creía que la Doctora y su amigo de la infancia, fueran a retenerla, encerrarla en una mazmorra o algo peor. Todo era un chiste de mal gusto, para consigo misma.
Pensó en lo último que recordaba de su estancia en Stocker, y lo último fue:
La sonrisa de Alexander.
Esa sonrisa que irradiaba confianza y tranquilidad. Que le decía claramente que todo estaría bien, que nada pasaría. Nunca pudo ver esa sonrisa, que le proporcionara fortaleza, en otra persona. Solo en él.
Ni siquiera sus ex – novios en Inglaterra, habían hecho mella en su subconsciente de esa manera.
Muy dentro de sí misma, a Katherine eso le indicaba que podía llegar a desarrollar lo inevitable, dentro de poco.
¿Sería conveniente?, era la pregunta.
Pregunta que se formuló, cuando yacía cabizbaja, y sujetando su bolso Aeropostale con ambas manos, al nivel de su hombro derecho, de donde sujetaba la cinta.
Estuvo tan distraída todo ese tiempo, que ni siquiera se molestó en agradecer el gesto de Michael, de abrirle la puerta para que saliera. Recordó eso mientras pensaba: La caballerosidad de su compañero.
No en balde, había escuchado que los latinos, en especial los andinos, gozaban del don del buen trato y el infinito respeto por las mujeres.
Hasta que el ascensor paró y dio un saltó, como resultado, del estancamiento aposta de las cuerdas metálicas con la polea. La británica no soltó un solo suspiro.
•¡Ah! – Fue lo que dijo. Ellos la ignoraron.
El rechinido que hacía la llave, girando dentro del pomo y desactivando los seguros, le parecía fascinante. Sus pensamientos la habían consumido de tal manera, que hasta el paso de una cucaracha frente a ella, la haría acostillar sus dos hombros, sobre sus muslos, queriendo evaluar la situación.
Bastante agradable (Y grande), resultó ser el departamento. Al menos la sala de interrogación, sería cómoda. Muebles de terciopelo color miel, su color favorito.
Sin invitaciones se sentó en uno de ellos. En el extremo más cercano que consiguió. Michael no le perdió pisada, he hiso lo mismo. Solo el tiempo diría porque había escogido sentarse, a escasos centímetros de ella.
Sus brazos no permanecían cruzados. Tocaban sus rodillas muy suavemente, impidiéndole a la piloto, recortarse del acolchado espaldar. Michael no se fijó de esto y volteo a observar lo que pasaba a través de la ventana.
Ni la claridad del cielo ni una paloma blanca respingada para apoyarlo, un clima tenue que dejaba entrever finos trazos de agua transparente, avecinaba un tiempo que podía retenerlos mucho más, dentro del espacio íntimo de la Doctora. El tráfico en New York, cuando llovía, no era muy diferente al de muchos lugares del mundo.
Elisabeth no trataría a sus invitados (En especial a LA invitada), como prisioneros o perros. Tenía buen gusto para elegir los tentempiés y no tardó en colocar una bandeja de plata con galletas de soda y limonada, sobre la mesa de vidrio y patas de hierro. Acto seguido, pasó a despojarse de su abrigo y acomodarse en su mueble personal.
Los tacones tampoco harían falta. El buen gusto de La Doctora, le permitió tener una suave alfombra de lana, debajo de la sala en la que recibía a las visitas.
Acarició la planta de sus pies desnudos, sobre la lana varias veces, hasta que comenzó a preguntar.
•¿Qué estuviste haciendo en Inglaterra, antes de venir?, no te apliques en todo. Dame los detalles más importantes.
•¡Más importantes!, haber, por donde empiezo…
Su mirada se paseó divagante por los alrededores. Visitó la mesa, la entrada a la cocina y el pasillo que daba con la puerta de entrada al departamento.
•Pruebas.
•¿Hiciste pruebas?
•Sí, de aptitud para pilotos.
•¿Sólo eso?
Repitió el proceso anterior, una vez más. En esta ocasión, prestando especial énfasis en un florero de vivos colores, que reposaba sobre una repisa, simulando ser una chimenea.
Ya comenzaban a caer las primeras gotas del cielo.
•También salía. Mi vida social no se vio afectada por las visitas a la rama londinense de ADVENT, a diario.
•Tenías vida social, ¿Lo hiciste por tu cuenta o alguien más te lo pidió?
•¿A qué se refiere?
•Creo que la pregunta habla por sí sola.
Michael permanecía callado. Sin producir ruido alguno, mientras vertía un poco de esa limonada, dentro de su boca.
•Bueno… Los profesores siempre me decían, que necesitaban a una piloto con vida para pilotear.
Yo me reía con ellos y les hacía caso, porque en el fondo también lo deseaba.
•¿Y no llegaste a tener problemas?
•¿Qué tipo de problemas?
•No lo sé, tal vez…
•Con tu padre – Michael interrumpió.
“Su padre”… La palabra recaló hondo en Katherine. El abismo que existía entre la cadena de mando y el buzón de correo, era lo suficientemente extenso, como para que La Doctora, se permitiera formular una o dos teorías, con respecto a eso.
Los dejos de silencio de Katherine, entre respuesta y respuesta, decían mucho. La atraparían, si intentaba mentir. Michael lo sabía, ya lo había hecho.
•Mi Papá no tenía problemas – Contestó con rapidez.
Elisabeth tuvo que pedirle, que repitiera la respuesta a propósito. Katherine no concedió a la petición cómodamente. Volvió a exhalar otro suspiro y prosiguió…
•Mi padre no tenía problemas. Es más, estaba de acuerdo con que llevara amigos a la casa de vez en cuando.
•¿Vivías con tu padre? – Preguntó Elisabeth.
•No. Vivía sola. Él tenía mucho trabajo y la mayoría de las veces, se quedaba a dormir en una habitación, asignada por ADVENT en la misma base.
•¿Te visitaba todos los días?
•No todos los días. A veces no tenía ni tiempo para hacerme una llamada.
•¿Tenía?, ¿No querrás decir qué?...
•¡Oh, no!, él está vivo. Es solo que yo acostumbro a hablar así.
De pronto, como si tiraran pequeñas piedras a los vidrios, la lluvia se hiso más presente, para ser más ignorada. Si la británica contaba con terminar esto rápido y volver a los suburbios, ahora podía ir desechándose de ese plan.
Y sin que lo previera, Michael habló, interrumpiendo a la lluvia.
•¿Ha preguntado por mí?
•¿Cómo dices?
•Por mí, ¿Ha preguntado por mí?
Hacía memoria. Aunque conocía la respuesta a esa pregunta, hacía memoria. Quería recordar las palabras textuales de su padre, habían tenido una conversación acerca de eso.
•“Por favor. Saluda a tu amigo Michael de mi parte. Si llegas a tener una oportunidad – Mencionó con cierta ironía – Pídele que te muestre la cicatriz de su rodilla, ¡Jajajaja!”
•Él te manda saludos.
Dejó pasar la respuesta con una afirmativa. La Doctora, lejos de sentirse aislada, sobrecargo su inmenso convoy de dudas y preguntó una vez más, pero esta vez, a Michael.
•¿Se conocían?
El latino de nacimiento, se aseguró de mirar a Katherine, fijamente antes de contestar esa pregunta.
•¿A William?...
Las retinas ónix, estuvieron a milímetros de salir expulsadas de sus cuencas. Michael sabía que eso pasaría. Lo sabía y quería verlo.
La complicidad, a Elisabeth, le pareció de lo más macabra.
•… Sí. Lo vi el día antes de que te fueras.
Pestañeó. Tuvo que apartarse de sus lentes para hacerlo cómoda. El truco le servía, recobraba la compostura, una vez que lo empleaba.
Pero Michael no era nada magnánimo y empezó a labrar un terreno, queriendo dejar el camino libre a la dulce Doctora.
•Tiene un bonito rifle de caza, tu papá… Un Remington, modelo 750 Woodsmaster, ¿No?
Le temblaban los labios. Tardó más de lo que usualmente tardaba, en contestar.
•No lo sé…
•¡Por favor! – Respondió con pesadez.
•¡No soy una fanática de las armas, como tú y Alexander!, yo…
•¡No importa!, ¡Tú se lo diste!, ¡Lo pusiste en sus manos y no necesité anteojos para verlo a través de la ventana!
Katherine no palidecía, pero si comenzaba a respirar con dificultad. No afrontaba bien las conversaciones en las que perdía. Podían llegar a ser, inclusive, un problema para su salud.
•No te importó, o mejor dicho, no LES importó, que un niño artrítico como Franklin, quien apenas podía sostenerse con esas muletas, se quedara sin piernas.
•Yo no lo disparé…
•Le dispararon en invierno. Todavía me pregunto como un chico como él, se hubiera osado a salir al jardín en invierno, pero lo disuadiste. Lo disuadiste, ¡Con esa maldita mirada inocente, y luego hiciste lo mismo con Alexander para que le disparara!
•¡NO!
•El rifle. El rifle con el que le dispararon era un 750 Woodsmaster. Suficiente para volarle la pierna a un adulto. Por suerte el tiro tuve un inmenso margen de error y no le volaron el abdomen.
•¡NO!
•¿Por qué?
•¡NO!
•¿¡Por qué!?
•¡PAPÁ DIJO QUE LO AYUDARÍA!
La lluvia se había hecho más fuerte, a medida que cambiaban las escalas de ánimo en la conversación. Los números rojos, habían sido tocados. El cerebro de Katherine, era como una base secreta a la que se le había activado el sistema de auto-destrucción, titilando en rojo constante, con la palabra “PELIGRO” grabada en todos los rincones, apareciendo y desapareciendo.
La británica ya hablaba entre sollozos. Clavando sus uñas (Por suerte, cortadas), al nivel de su coronilla.
•¡Dijo que lo ayudaría! – Lloraba - ¡Qué le haríamos un favor!, “Con las prótesis caminará mejor”, fue lo que me dijo.
Elisabeth le prestaba más atención a las diminutas gotas que caían desde las retinas de Katherine hasta el mueble color miel. Michael no.
•Él ahora está mejor. Puede caminar como una persona normal, sin muletas, ¿Verdad?
•Franklin murió al año siguiente.
Ya las miradas no iban para con Katherine, ahora se dirigían exclusivamente al latino.
•Pero papá dijo que en un mes, las tendría puestas…
•No. Le cercenaron los restos que todavía quedaban de su pierna izquierda y luego lo amputaron. Sus padres habían muerto en un accidente de tráfico, una semana antes, y al cabo de unos meses, murió por la depresión… Nunca nos permitieron hacerle visitas.
•Papá…
•Después de ese día, ¿Todavía lo puedes seguir llamando padre?
No hubo una respuesta, solo sollozos y más sollozos. Michael recostó su humanidad hastiado y desquiciado. Durante toda la conversación, solo recordó dos cosas: La pierna izquierda de Franklin, volando por los aires y aquellos ojos azules…
Le parecían bonitos, poco antes de haber visto a William. Ahora no, ahora no…
•¡Lo siento, Michael!
Le pidió perdón. Lo hiso con la cara empapada en lágrimas. En ninguna de sus más bizarras pesadillas o actos indecentes de su imaginación, habría concebido ver a Katherine llorar. No era un espectáculo del que gozaría, y mucho menos creería, que el en parte, sería dueño de algunas acciones de esas lágrimas. Ahora le parecía lógico.
Katherine soltó lo que él quería que soltara. ADVENT tenía a un interrogador cruel, para cuando lo
necesitase.
•Yo no soy la persona con la que te debes disculpar – Respondió.
•¡Yo no quería hacerlo!, pero él me dijo que sería por su bien, ¡Que haría el bien! Me sentí terrible luego de eso, ¡No dormí en días, Michael!
No se amilanaba ante el desespero de su amiga. ¡Sí!, su amiga. Todavía lo era.
Y lo recordó justo a tiempo, justo cuando más, ella más lo necesitaba.
Por eso la abrazó como pudo. Ignorando a su necia consciencia y obedeciendo a su corazón.
Sus brazos cruzaron la espalda de la británica, hasta que sus manos tocaron sus codos. Katherine respondió al gesto, acurrucando su cabeza contra su pecho. Nunca antes se había sentido tan cálida, después de haber llorado tanto.
Ni siquiera, cuando abrazaba a Alexander.
Casa de los suburbios, 14:10.
El pitillo ascendía y descendía continuamente. Como uno de esos juguetes de pteranodones, que cuelgan de la pared y agitan sus alas al son de un mismo compás.
Y mientras la parte plástica, comprendía un cilindro extenso con gotas de varios colores, muy dentro de ella, la otra parte, la pequeña, que aun recalaba dentro de su boca, quedaría tan delgada que no alcanzaría a verse a centímetros de distancia.
Las tres latas de gaseosa, alguna vez llenas, ahora desfilaban delante de él, con mucho estilo pero muy poca sustancia. De fondo el sonido de una voz muy reconocida. Nicole Kidman, hablando en uno de sus tantos diálogos de película. Una que solo Rachel veía.
¡Espasmo!, Alexander se agitó violentamente. Un poco más y habría dado la vuelta completa alrededor del sillón. Se preocupó, esto era un síntoma de algo serio, algo feo.
Lo más oscuro que había visto en su vida. Era oscuridad, dentro de la misma oscuridad. Así de negro, eran las vestimentas y las consciencias de aquellos tres hombres.
Porque su consciencia tenía que ser tan mierda, tan dolorosa, tan… Tan sin consciencia.
Muchas veces no se explicaba, como cuando dormía, no era con eso que soñaba todos las noches.
Y varias veces lo hiso. Lo que más recalaba era la condición que había tomado: En posición fetal, con los ojos bien abiertos a través de las rendijas. Se la hubiera llevado, si hubiera podido o si hubiera tenido “las pelotas”, pero no las tuvo. Se tomaba en cuenta, que era solo un niño de cinco años.
Pero eso él no lo pasaba, no lo pasaba…
•“No hiciste nada”
Un rápido movimiento batuqueó su cabeza. Los recuerdos cada vez se hacían más claros. Si tuviera que compararlos, lo haría con la escena de cine de la película, Harry Potter, donde Voldemort, asesinaba a los padres del hechicero, cuando este apenas era un bebe. Razón suficiente para odiar la saga por siempre y salir de la sala cuanto antes.
Envidiaba a Harry. Él se encontró en una situación, posiblemente mucho peor que la suya. No tenía hermano mayor, ni ángel guardián que le defendiera. Tan solo era un bebé, un crío y aun así derrotó al rey de la maldad, hasta casi matarlo.
Pero nada de eso ocurrió.
•“No hiciste nada: Ridículo, inútil…”
Los asesinos, con claro acento alemán, decoraron el ambiente con una bolsa de plástico. El líquido de adentro, era visiblemente rojo, y Alexander nunca quiso saber a quién pertenecía, aunque al final lo supo.
La dejaron salir, como salsa sobre unas papas fritas. La niña que yacía en la cuna, no pudo llorar en el peor momento. Alexander contaba con que no la vieran, con que fueran estúpidos e ignoraran el bulto que se formaba por debajo del manto con dibujitos de caballo.
Pero la niña lloró, ¡la debil Katja, lloró!
•“¿Nos la llevamos?” – Preguntó uno de ellos.
El más alto y menos parlanchín de los tres, comunicó la difícil situación por celular con quien debía ser el jefe, o al menos eso pensó Alexander. Tartamudeo mucho en el proceso. No tardó en colgar y mirar de frente a sus compañeros. Las máscaras con cruces en el centro, le impidieron a Alex, reafirmar eso de las miradas.
•“Nos… Nos la, lleVAmos”
•“¿Y qué hacemos con el otro?”
Eso recaló frío en él. Los malos, sabían que él estaba ahí, escondido dentro del armario. El que hiso la llamada, el más inteligente, el que tartamudeaba, lo infirió luego. Miró hacia su escondite, como si le hubiera leído la mente y soltó una carcajada burlona, que se interrumpía a sí misma. Agradeció muy dentro de sí, que el psicópata, llevara máscara.
•“De… Déjenlo”
Solo déjenlo. Lejos de todos los traumas, los ataques de ira o los líos existenciales; Alexander era un chico con suerte, ¡Mucha suerte!
Después Rachel, ahondaría en que había sonado más fuerte, si su zambullida contra el piso, debido al susto o el alarido desgarrador de Alexander.
Increíble o no, la chica de cabellos castaños, se le acercó.
Era obvio que no se encontraba bien, pero…
•¿Te encuentras bien?
¡Oh!, ¡Por favor!...
•No, ¡No me encuentro nada bien!
Ya había tenido la osadía de ser cobarde y retroceder. Rachel, era de esas personas que pensaba, que la cobardía, debía requerir agallas. Las agallas de no responder cuando alguien pide ayuda.
¿Por qué gritaste?
•Por nada – Alexander se estabilizaba – Tonterías mías. Sigue en lo tuyo.
•Me golpee el muslo cuando me caí – Señaló la herida. Créanlo o no, cargaba unos shorts cortos, por lo que el enrojecimiento se notaba – Aquí, ¿Lo ves?
•¡Sí, sí lo veo! – Respondió enrojecido – Pero estoy bien, en serio.
•No te creo.
•¿Por qué no me crees?
•Porque estabas pensando en tus padres. Te escuché.
¿Acaso era cierto?, ¿Había pensado en voz alta, otra vez?
•Ese problema no te incumbe.
•Puede que ahora no – Razonaba – Pero en el campo de batalla sí, ¿Te acuerdas?, cuando somos equipo, los problemas de uno, afectan a los demás. Tú me lo dijiste.
•Puedo lidiar con mis propios problemas.
•No. No has podido hacerlo en más de diez años. Lo que necesitas es apoyo.
•¿Y quién me lo va a brindar?, ¿Tú?
•Sí.
Así de estoica y directa. Un sí tajante, que dejaría perplejo a cualquier grandulón, frente a cualquier enclenque. Tal vez incluso, lo haría retroceder.
De pronto una vibra extraña pasó de lleno por la habitación. Esa cosquillita incómoda, que aparece cuando nos damos cuenta de algo, a lo que normalmente no estamos acostumbrados.
Rachel y Alexander, estaban cerca. Demasiado. Un ligero suspiro a espaldas de la piloto, la haría caer y hasta “accidentalmente” tocar algo que no debía, del piloto alemán.
Sus ojos se cruzaron por un instante prolongado. El término correcto no sería incómodo, sino directo. Sus miradas eran directas, muy directas.
Y por supuesto, las sirenas de alerta, sonando en todos los rincones de la casa, también entraban directo a los oídos de los “mocosos”
Se separaron instantáneamente. Lo que la Bati-señal era para Batman, la sirena de alerta lo era para ADVENT.
A la ciudad no le dio tiempo de esconderse, otra vez. Las siluetas negras, entre los finos espacios de los edificios a la lejanía, se divisaban desde la ventana de la sala.
Base de ADVENT, hangares de los pilotos, 14:30.
Eran tres ataques, ¡Tres malditos ataques!, que pondrían escéptico a Michael. Katherine estaba con la
Doctora y con él. No había manera de que tuviese algo que ver. Era la coartada perfecta.
¿Cómo, entonces?, muy fácil: Terroristas.
Richter dejó escapar la lengua con holgura, mientras bebía café. Nunca podré explicarles como era que hablaba y bebía café al mismo tiempo, =/
•Los fragmentos terroristas, en tiempos de guerra como estos, a menudo son ignorados por fuerzas militares y secretas como nosotros. Por lo general, son trabajo de organismos como la CIA o el FBI, pero eso es lo de menos. – Hacía pausa el Doctor, al mismo tiempo que dejaba de beber café.
El Sargento observaba de brazos cruzados el monitor de Milly. La palabra LANCELOT, en letras grandes, resaltaba de entre toda la parafernalia.
No tuvo que preguntar. Ya se había hecho una idea. Richter aclaró los puntos vacíos, explicando varios tecnicismos, que poco ayudarían a los pilotos.
La misión de Connors, era la de instruir a los pilotos. Un Capitán, debe tener una estrategia y Edward la tenía, pero que Alexander le hiciese caso, era un asunto diferente.
¿Cuándo se había ido y dónde estaba?, ¡Pero qué pregunta!, era obvio donde estaba.
Cuando los gritos de los trabajadores, allegados a los hangares, tocaron los tambores de quienes estaban en el laboratorio y vieron a Alexander, tomar un carrito de golf para llegar cuanto antes a su Unidad, les pareció evidente.
El talento natural del alemán, era de admirar. Trepó sin necesidad de escaleras, el Patriot, y manualmente, abrió la cabina octagonal que encerraba al piloto.
Milly graduó los rieles y estaba a solo un botón de enviar a Alexander a la superficie. Pero el alemán, de rubios cabellos, tenía una sorpresa más para sus compañeros.
La chica de anteojos enormes y bata de laboratorio, pulsó el botón en el momento incorrecto. No antes, cuando la bayoneta del rifle, atravesaba al Hunter, destruyendo las capas de blindaje y anulando el motor N2.
Connors abrió cuanta pantalla de comunicación tuvo a su disposición. En todas aparecía un Alexander desentendido y lleno de ira. Su rostro de pocos amigos, se prestaba poco a los buenos consejos.
Edward continuó hablando, todavía cuando su pupilo empuñaba el puñal con su brazo humanoide derecho, amenazante contra la Unidad terrorista, de oscuros colores y porte medieval.
Calles de New York, 14:35.
El Lancelot, no tenía piernas. Sus extremidades, eran las mismas que utilizaba un tanque para desplazarse, lo cual ahorraba energía y tiempo.
Se arremetió como en las cruzadas, pero su adversario no era igual de protocolar. En posición de arranque, dio la corrida más vigorosa que había dado en su vida y se llevó al Lancelot consigo, rozando la inmensa lanza de hierro aleado, con restos de platina en sus extremos, como producto del afortunado choque.
Fue al suelo con ella y llegaron varias calles más allá. Dilapidando metros y metros de pavimento consigo. Lo siguiente fue un espectáculo de clavadas: El puñal, clavándose una y otra vez en la cabeza del Lancelot, lugar donde también, se suponía, debía estar el piloto. Confirmado luego de que un acercamiento con cámara, por poco hace vomitar a Milly, al ver el cuchillo empañado en sangre.
Muy poca sangre, apenas empañaba parte de su extremo, pero era un cuchillo grande.
Un choque. Un choque a sus espaldas. Alexander se enfadaba. Al menos su adversario anterior, había tenido el orgullo de atacarlo de frente, pero este no. Por suerte, tenía mala puntería.
No tardó en despojarlo de su arma y apartarlo con una patada artera. Quedaron de frente, pero a escasos metros. El soldado desconocido, pensó que habría un cruce de palabras o una mirada fija con su enemigo. Pero Alexander era más directo.
Empalo al Lancelot con su propia lanza y la meneó lo suficiente como para crear un gran agujero en su interior. Colocó el pie adentro y empezó a tirar. Tironeaba con la ayuda de dos palancas: La lanza y su pie.
Finalmente separó al enemigo en dos. Su instinto, le invitó a encestar el arma de gran longitud cerca de la cabeza corroída del Lancelot. Para cuando lo hiso, había encestado a la pequeña pelota metálica, que le servía al piloto como medio de expulsión, atravesándola como a una aceituna.
Alexander se encontraba eufórico: Miraba a todos lados buscando más cosas que destruir, más enemigos que matar. No era irreconocible, era otro de muchos Alexánderes.
¿Cuántos eran: Cinco, dos, cuatro y medio?
Tres.
El tercero. El sí tuvo puntería, aunque no la suficiente para empalar a la Unidad 3, justó donde se hallaba su núcleo. Quizás los nervios, de tener una oportunidad lo traicionaron.
Observó la sombra, poco menos alta que él, erguida con autoridad a su espaldas.
Sacudió al Eagle, queriendo incomodar a su verdugo y lográndolo. Pronto, consiguió separar su mano, de la empuñadura y voltearse con destreza.
Y como cuando un amigo o un padre, toman a alguien que quieren, por los hombros para abrazarlo, así lo tomó Alexander: Para empalarlo.
El sí dio en el blanco. Que el Lancelot bajará la cabeza, era una señal de ello.
Vio escapar humo de la extremidad y anticipó el movimiento. Con autoridad, colocó su mano sobre ella y apretó fuertemente los dedos. El crujido se oía perfectamente, en la base de ADVENT.
Pero la intención no era aplastar la cabeza, como pudo haber hecho. Literalmente, decapitó a punta de fuerza bruta a su oponente y de perfil a un edificio, colocó los restos sobrantes, en la cornisa del mismo.
La cabina se abrió, en un intento desesperado por expulsar al piloto, pero de nada funcionó. La Unidad 3, apretaba su puño cada vez con más fuerza.
Su cabeza se desplegó en tres partes, revelando a un chico de diecisiete años, con facciones características, de un general nazi de cincuenta.
Estaba parado al momento de revelarse. Inclinado hacia adelante, con intenciones malignas. Su enemigo, de rasgos medio-orientales, soltó una carcajada.
Creyó reconocerla. Los nervios de su cerebro, traficaban respuestas nerviosas a vertiginosas velocidades, a punto de colapsar. Lo hicieron a tiempo. Esa no era la carcajada que Alexander tanto odiaba. El no tartamudeaba…
El oriental no dijo nada. Muchas veces un gesto, vale más que mil palabras.
•¿Lo recuerdas?
Moribundo, el hombre de bigote, logro liberar sus brazos de la prisión de hierro y con dedos índices, apuntando al Norte y al Este, formó una cruz, la cual colocó con una sonrisa guasonesca delante de su cara.
Le brotaba sangre de la comisura de sus labios, apenas mantenía los ojos abiertos. Se encontraba tan solo a centímetros de que las Hermanas del Destino, cortaran su ya muy delgado hilo de la vida.
Alexander se tomó el gustó, de inaugurarle las puertas al inframundo.
La risa desmedida, con la boca bien abierta, tragando gotas del cielo, fue su último testimonio de vida.
Alexander, enderezó su brazo, imitando a su coloso de metal y cerrando su puño con fuerza, ira y rencor.
Impresionante u horripilante. El posiblemente afgano, quedó trabado, con una sonrisa inmensa y los ojos abiertos. Alexander, no se molestaría en cerrarlos.
Empapado por la lluvia, recobró consciencia y se dio media vuelta, ¡Qué alivio y que afortunado!, de nuevo.
Caminó unos pasos hasta llegar a la cabina y luego desmayó. Los gritos desde ADVENT, vinieron mucho antes de eso. Todos pedían lo mismo:
•“¡Déjalo vivir!” – Es lo que le decían.
Hospital Metropolitano de New York.
Le molestó, el primer haz de luz, que logró interferir su sueño. Lo primero que hiso, fue darse cuenta de que había dormido poco. Lo sabía, pues no había lagañas, que interfirieran con el abrir y cerrar de sus párpados.
Lo siguiente fue hacerse consciente de su condición: Tenía una bata muy afeminada en lugar de su ropa habitual, una pulsera blanca con letras tan pequeñas e inentendibles como jeroglíficos e intravenosas entrando por sus orificios nasales. Estaba en un hospital.
Y se encontró, con la grata compañía de un aficionado al café y los Yankees de New York.
•¡Buenos días! – Dijo al mismo tiempo que bebía.
•¿Doctor?...
Y sí, la compañía del Doctor, en momentos como ese, podía ser grata.
O no tanto... A Alexander le sobrevino una intensa jaqueca, que llegó a creer, fue una migraña, cuando intentó sentarse de nueva cuenta.
•Por lo general – Aclaraba el Doctor, ¡Mientras bebía café! – Te toma unas cuantas horas o inclusive días, tomar una posición distinta, a la que has ocupado por más de un mes.
Las cuencas se abrieron lo suficiente como para captar un ángulo de 270° de toda la habitación,
¿Había dicho más de un mes?, ¿Había estado en coma, por más de treinta días?
Alexander se irguió de inmediato. Lástima que todavía, no contará con l fuerza para razonar.
•O un simple susto – Mencionó sarcástico – Lo que acabas de hacer, reafirma mi teoría de que estuviste desmayado por dos horas.
•Dos horas…
Richter pensó, que seguramente ya no era necesaria su presencia en esa habitación y se levantó de la silla, dejando caer varias migas, de lo que una vez, fue pan.
•A propósito…
El alemán yacía nuevamente recostado. Unos cuantos minutos de sueño adicional, no le caerían mal.
•Le debes tu vida a EDEC, pero no te vayas acostumbrando a la idea. Una o dos dosis de esa adrenalina, pueden ser más letales que cincuenta pastillas de Loratadina, puestas juntas.
Y eso sí lo dijo en serio.
Abandonó la habitación, pasando a través de la puerta automática y dejando pasar a sus espaldas, la multitud que no le guardaba rencor.
El ruido era ensordecedor. Eso, agradó y desorientó a Alexander. Cuando las personas están tan felices y eufóricas, pocas son las acciones que un enfermo puede hacer, para hacerles entender que lo que más necesita es silencio.
La cara de una conocida, se asomaba con complicidad por detrás de los miles de trabajadores, que todavía no dejaban de aplaudir.
Con todas sus fuerzas, levantó de nueva cuenta el brazo y todos callaron, pues creyeron que de nueva cuenta cerraría el puño. El ademán, sin embargo, fue de qué se apartaran.
Y la dejaron pasar, para que corriera por el campo de girasoles, más corto del mundo.
Ella ignoró un poco su condición y se tiró de llenó a la camilla, abrazándolo con la misma cara de llanto, con la que había salido del departamento.
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Especial: Onsen (Aguas termales), dedicado a Alexander Schneifer
Lo primero que vi al despertar, fue una tenue luz, que se esparcía por toda la habitación, hasta transformar la habitación en sí, en lo que debía ser… ¡Una habitación!, ¿Qué creían?...
De pronto, y como repentino se sintió el pinchazo sustancial (Ya ni recuerdo porque me duele), me pareció una buena idea, oprimir el botón a mi izquierda, que claramente rezaba: “Doctor”
•Yo conozco a un Doctor –Digo hablando solo- Y no es un Doctor con el que me guste mucho estar…
Tuve que desistir de las otras ideas. No vi ningún óvalo rojo, que sobre si, tuviese en negrita la palabra “Enfermera”
El dolor, el pinchazo inicial, no fue lo peor, luego de haber despertado. Lo peor, fue que una maleta de 50 Kg (O más, el impacto ha dejado secuelas en mi cabeza), cayendo sobre mi estómago y rematándome con su acompañante de 30 Kg, en la cabeza, que aparentemente, debía llevar zapatos.
•Ok. Definitivamente, no debí oprimir ese botón…
¡Pero!... ¿Y ahora?
¿Por qué un friki de treinta y cinco años, me ha caído desde el techo? ¡Qué rayos es este lugar!, porque no parece un hospital…
•Puedo leerte la mente – Decía el friki con bata – Piensas que haber oprimido ese botón, fue lo peor que pudiste haber hecho… Como muchas de las ideas de Lelouch Lamperouge, ¡Pero no te asustes!, tu poca fortuna, te ha traído un premio.
No me quedaban ganas para levantarme; creo que acumulaba unos 100Kg, solamente en mi regazo, así que con jadeo, respondí tajante a aquel friki, que de poco, empezaba a reconocer.
•¿Y se puede saber, qué premio es ese?
•¡Oh! – Conjuntó la boca, formando una pequeña “o”, alzando la cara y mirándome por encima de su nariz – Uno que solo se obtiene, en los programas de televisión, en los que la gente… Nunca gana nada ¡Un viaje a las aguas termales de: Hot Springs, en Arkansas!
•¡Oye! No se escucha nada mal… ¿Y cuándo partimos?
•Ahora mismo ¡Llévenselo muchachos!
•¿¡Ah!?
¿Y por qué de pronto mi habitación comenzó a tambalearse?, veo caer rocas y ladrillos, a través de la ventanas. Es como un temblor, pero más extraño.
Y luego el sonido asposo… ¡Helicópteros!
•¿Arrancaste la habitación del hospital, para llevarme con helicópteros?
El friki comenzó a tomar café, y no me pregunten como, pero podía hablar, mientras lo bebía; una habilidad que fácilmente envidiaría, cualquier ventrílocuo.
•¡Sipi dipi!
Y luego sentí el café, caer sobre mi cara… Ese había sido el empujón.
¡Desperté!
En efecto, me hallaba dentro de un helicóptero, aunque ya no estaba en la camilla de mi habitación ¡Gracias a Dios!
Vi por la ventanilla achatada. No fue un mal sueño (Por no llamarlo pesadilla), era una premonición. Estábamos llegando a Arkansas, podía sentirlo.
El humo de las fumarolas pasaba cerca, muy cerca, del helicóptero. No pude sentir eso, pero fue como si lo hiciera. Mis compañeros estaban todos dormidos, seguramente ellos recordarían el momento en el que nos aventuramos a esto. Sobre todo, me encuentro ansioso de que Katherine despierte y poder preguntarle.
Pero algo malo se avecinaba… ¿Quién estaba piloteando?
Paulatinamente, me levanté de mi asiento. Tengo el trasero abollado, de una vez, colocó eso en el fondo de la lista, donde se hallan mis peores problemas. Presiento que lo que ahora viene, entrará fácilmente en el Top 5.
¿Alguna vez han visto, a un piloto de helicóptero, que maneje mientras bebe café?
Yo sí.
•¡Hola, Alexander!
•Doc… ¿Doc?... ¿Doctor?
•Te aconsejo que te sientes y te ates el cinturón.
Como un torbellino, pasó la voz de mi consciencia, que me aconsejó que no cuestionara y simplemente le hiciera caso.
Pero siempre tengo que salir…
•¿Por qué?
•Porque nos quedamos sin combustible – Dijo con una sonrisa culposa – Tendremos que hacer un aterrizaje forzado.
Mi rostro se dilató tanto, que hubiese podido moldearlo para que tomara otra apariencia, como una plastilina.
Si tuviera que describir, que tan abierta estaba mi cara, sería algo más o menos así
O_________O
Pero antes tenía que saberlo…
•¿¡Pero, por qué los demás no se despiertan!?
•¡Ah! Eso…
Tardó un rato en contestar.
•Les di un somnífero.
O_________________________________________________ __________O
Lo último que recordé, luego de eso, fue al helicóptero precipitarse violentamente. Lo sé, porque la gravedad me jugó en contra, y pasé los últimos diez segundos del viaje, adherido al techo del aeroplano, literalmente.
Aguas termales de Hot Springs, Arkansas, 12:00.
Mi cabello jamás pudo estar más desordenado. Es rubio y el sol le da un buen efecto, pero por más que intentó, no logró darle una tonalidad, lo suficientemente alborotada, como para decir “¡Esto está de pelos!”, al más puro estilo de Bart Simpson.
Sin embargo, esta vez, no pude lucirme. Mis compañeros iban igual de despeinados que yo.
Nadie dijo una palabra, ni siquiera respondieron al saludo de la Dra. Morristown, cuando ella y su equipo, en conjunto con el Capitán, bajaron de una furgoneta.
La Doctora, era una reina de la diplomacia. No dijo nada de nuestra condición, y es que al notar semejante cafetómano, con bata de laboratorio y camisa de los Guns n´ Roses, no se podía esperar mucho más.
Juntó cuatro de sus cinco dedos, en parejas de a dos y los separó, formando una “V” perfecta
¿Eso era un saludo indio o extraterrestre?
La Doctora, sin embargo, si notó el aspecto alicaído de mis compañeros. Taciturnos y somnolientos, gemían y esbozaban vahos de aire inentendibles. Era como si les acabasen de hacer una lobotomía.
De inmediato, aunque supe que luego me arrepentiría, se me ocurrió preguntarle al Doctor acerca de eso.
•¿Les dio algo más?
•Bueno… No fue tan fácil darles el somnífero, no son tontos.
•¿Entonces?
•Deje unas pastillitas sobre los pasamanos, que en realidad, eran gomitas de algodón, y que dentro, encerraban Vicodina.
O_________________________O
O___________________________________________O
O_________________________________________________ ________O
O_________________________________________________ ______________________O
O_________________________________________________ ____________________________O
Media hora después…
¡Finalmente!, llegamos a la habitación. Tuve que ayudar a Michael y Marcus a caminar. Por suerte, no se encontraban lo suficientemente idiotas, como para no hacerlo. Una vez, habiéndolos depositado como al equipaje pesado sobre el piso enmaderado de la recámara, me seguí preguntando, por qué el Doctor no me drogó a mí.
Deje de pensar en malas preguntas, que podrían luego traducirse en malas ideas, y procedí a desempacar. La eficacia de ADVENT, a veces me da miedo. Para encontrar mis mangas en lo más profundo del equipaje, tuvieron que entrar en mi cuarto y revisar debajo de la cama.
Me pregunto quién habrá podido decirles, a los idiotas que se hacen pasar por agentes, la locación de dichos mangas…
Obviamente, fue un sarcasmo.
Una hora luego…
¡Ahora sí!, Michael y Marcus, han despertado de su letargo retrasado y se han desvestido con una rapidez endemoniada, luego de decirles, que nos encontrábamos en Arkansas. Todavía lo recuerdo como si fuera ayer…
Flashback, de hace cinco minutos.
•¡Espera! – Interrumpe Marcus – Dijiste, ¿ARKANSAS?
•Sí.
•¿A-R-K-A-N-S-A-S? – Remedó.
•¿Sí?...
Se cruzó de mirada con Michael. Sus ojos color café, me hicieron recordar lo poco que tendía a sorprenderse, pero ahí estaba: Con la boca abierta.
Miraron a su alrededor por unos minutos, como digiriendo la información y luego lo supieron. No hiso falta que yo se los dijese.
•¡AGUAS TERMALES!
Nunca antes escuché a Michael gritar. Tal vez debería tener un diario, y anotar todo esto.
Como sea… Se desvistieron con mucha prisa, y haciendo alarde de una gran energía. Esa droga debe tener efectos secundarios. Si yo estuviese sedado, me despertaría con una gran resaca.
Lamentablemente, ni yo mismo pude haber previsto lo que vendría, ¡Y eso qué esto, no era un manga, ni nada parecido!
Las chicas (Cuando digo las chicas, me refiero a TODAS, las chicas), entraron deslizando la entablillada puerta de papel. Entraron tarde. Michael y Marcus, estaban literalmente en cueros…
Lo último rescatable de ese desafortunado encuentro, fue notar la ecuanimidad de la Dra. Morristown, de rodillas, y proporcionándole aire a las chicas por lapsos establecidos de tiempo, con un abanico, que sacó, de quien sabe dónde.
Ella nunca se altera. Siempre anda tan serena, tan tranquila, tan…
•¡Aaaaaaaaaah! – Babea…
Fin del flashback.
No crean que soy un morboso, es que ella entró en traje de baño a la habitación ¡En traje de baño!
Las otras chicas también, y no eran un espectáculo desagradable, por cierto; pero esta era la Doctora ¡La Doctora!
Todavía recuerdo, sus cabellos dorados cayendo por encima de su tórax, pasando por sus senos, hasta que las puntas de las hebras, cayeran todas apuntando hacia abajo. Limitándose con el trazo imaginario, que marca el ombligo.
Luego pensé “Ella no necesitará ese traje de baño cuando esté en las aguas termales…”
•¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa h! – Cae desmayado.
Quince minutos después…
La humedad, del pañuelo blanco de algodón, haciendo contacto y relajando mi frente, era una sensación, que me hacía alejarme de todas aquellas pasiones lujuriosas, en las que yo estaba, varias veces, montado sobre un unicornio, comiendo un pastel en forma de… ¡Ejem! Me hacía alejarme de esas pasiones lujuriosas, y enrojecía mis mejillas, ¡Eso!, enrojecer mis mejillas.
Mis codos hacían reposar mis brazos, descansando sobre piedras, bien mamposteadas, que formaban un círculo desproporcional, y que de su interior, exhalaba humo.
Muchos soñamos con quedarnos horas y horas, en una ducha caliente. Algunos soñamos, con vivir dentro de una. Una obsesión, seguida muy de cerca, por tener un Burguer King, en la cocina y un control tele-transportador, para ir a donde yo quiera, con solo oprimir un botón.
Suspiraba…
Las siluetas de mis amigos, iguales a las mías, tirados a los costados, descansando... No había señales de Richter por ninguna parte. Era un alivio.
De pronto, una conglomeración de burbujas, causó cierto escepticismo en el ambiente. Decidí no prestarle atención y me concentré en otra cosa, como la Dra. Morris, restregándome una barra de jabón espumoso, por la espal… ¡Ejem! No he terminado de leer Bleach, ¿Cómo será la batalla final contra Aizen?
Las burbujas no dejaron su cacofonía. Siguieron explotando, pero en el mismo lugar. No eran como aquellas burbujas aisladas, que se formaban en la superficie de vez en cuando y pinchaban por efecto de la presión, apenas emitiendo sonido alguno. Estas explotaban todas muy rápido y al mismo tiempo.
Luego, un muñón, ¿Estoy viendo un muñón? Con la mayor de las discreciones, me acerqué a Michael. Me daba grima interrumpir la paz, de alguien tan tranquilo, que no molesta a nadie, pero esto era algo que requería de su atención. El sabría cómo lidiarlo.
Coloqué mis manos sobre su hombro desnudo y lo mesé suavemente, para luego descubrir, que se había quedado dormido…
¡Basta de mecer!, lo voy a zarandear.
No contaba con que tuviera el sueño pesado, ¡Muy pesado!
No me rendí fácilmente, y con la mayor de las fuerzas permisibles, lo agité tanto que su cabeza se bamboleaba. Pero aun así seguía dormido, probé gritarle, aun a costas, de que eso significara despertar a los demás (También estaban dormidos), pero nada…
Entonces sucedió lo inevitable… Pensé en drogas.
Abrí sus párpados, y comprobé que no estaba tomando una siesta cualquiera. Sus ojos apenas se desplazaban, iban más lento, que una descarga de 10 Kb.
Sí, estaba drogado, y posiblemente los otros también.
Entonces sentí miedo, mucho miedo. Aquella conglomeración de burbujas se había vuelto violenta, algo empezaba a emerger de la superficie, y no sé, si era para buscarme a mí.
Me quedé con la cara cuadrada, cuando me enteré que eso, no era más que un telescopio en forma de “f”
No era nada de qué preocuparse.
•¡Espera!, ¿En forma de “f”?
Me sumergí con el dolor de mis mejillas y mis ojos, muy dentro del corazón, pero solo necesitaba cinco segundos para corroborar mi hipótesis: Un submarino, o mejor dicho, una bicicleta submarina, como las del equipo Rocket, pero sin armazón de Magikarp.
¿Y quiénes la abordaban?, cuatro pervertidos de mantenimiento, por ahora, fuera del cuidado de Noah, y al frente, su Capitán, ¿O tal vez su Almirante?
•Ricther… - Dije una vez, volví a la superficie – Bueno… No pienso detenerlo. Cuando se ejecutan planes como este, el 90% de las veces, saldrá mal, y cuando eso pase, seguro las chicas le darán su merecido.
Así que estuve de brazos cruzados, esperando la debacle del imperio de las “Pistolas y las Rosas”, pero Richter, tuvo la audacia de sorprenderme una vez más.
Nos separaba una cortina de madera. Una tabla que no debía tener más de 15 cm de grosor, y que era notablemente hueca. Podía escuchar el eco del otro lado, solo tocándola con el puño.
¡Bueno!, ellos cometieron el error de chocarla con la bicicleta submarina.
Por supuesto, la cortina cayó y dejó a la vista, un gueto de mujeres, tal cuales Dios, las había traído al mundo, con el aditamento de sus miradas sorprendidas, que luego pasarían a transformarse en miradas de espanto.
Yo por supuesto, me enrojecí como nunca. Deberían tener una escala, como la de Richter (¡Amen la ironía!), que midiera las distintas intensidades que podía alcanzar el color rojo, en el cutis de una persona.
Olvidé por completo, que Ricther cargaba una bicicleta, y que con todo el pudor de su alma, pedaleó como nunca, hasta perderse entre la maleza del bosque, que nos rodeaba.
Las miradas cayeron todas en mí y las palizas también.
Salón principal, 19:30.
No pude levantarme en lo que quedó del día. El enrojecimiento de las heridas, acompañado, por el enrojecimiento de las quemaduras, luego de haber aguantado la respiración por el colapso de mujeres desnudas, unas y otras sobre mí, me imposibilitaron la capacidad motora para desplazarme, hasta ahora. Por suerte, tuve la compañía de los cuerpos inertes, de mis compañeros, que también recibieron su merecido, por reposar drogados con cara de pervertidos.
Por el salón se paseaba como una libélula, un silencio de lo más lapidario. Nadie hablaba con nadie, solo la vergonzosa explicación, que con gusto dio la Doctora, a los recién incorporados. Dígase: Michael, Marcus, Noah, y cualquiera que no pertenezca al equipo de mantenimiento y sea hombre.
Me rasqué la cien, recordando lo mucho que me incomodan las situaciones como esta. Por primera vez en mi vida, y siendo así, espero sea la última, deseaba que Richter apareciera.
Meneaba la cinta en círculos, de mi bata blanca de algodón, esperando alguna reacción. Varias de las chicas jugaban con sus cabellos, mirando en sentidos opuestos, ni siquiera se hablaban entre ellas.
Mis compañeros, viriles, permanecían cabizbajos. Solo Michael, prestaba ojos y oídos sordos a la situación, y se dedicaba a jugar algún juego en su anacrónica Nintendo 3DS; le gustan los clásicos.
Entonces todo lo oímos. Intentaré describir la onomatopeya, de la mejor manera posible.
¡TROOOOOOOOOOOOOOOOOOM!
Era un trueno, y había venido acompañado de una fuerte ventisca, que abrió la puerta doble de la sala, hasta que cada rectángulo pegó de lleno con la pared y rebotó de regresó; repitiendo el proceso unas dos o tres veces más.
Era un fenómeno de la naturaleza, y no podía tratarse de Richter.
Pero…
La luz se fue, se cortó de repente. Los gritos de las más inocentes, o las más chicas, o más muchachas, por así decirlo, complementaron el escenario ceñido a las penumbras.
Los truenos continuaron, pero escuchamos un sonido, que ni el más fulguroso de los truenos podría producir: El del metal.
Era un ¡ROOOUUUUUUUUUUUUUM!, desquebrajador. Subía y bajaba, pero nunca paraba. No había pausas. Busqué la respuesta, en la cara iluminada por la luz fluorescente de la porta-consola tridimensional, de Michael. Sus ojos, ya trataban de salirse de sus cuencas.
De inmediato reconocí ese sonido…
¿Alguien ha visto esa película que se desarrolla en Texas, y que trata de una masacre?
Esta es la versión de Arkansas.
•¡Hora de morir!
Todos gritaron, y yo me estremecí. No podía ver mi propia silueta en la oscuridad, obvio, las sombras son un reflejo óptico producto de la luz, y ahí, no había candelas, o lo que es igual, intensidad luminosa.
Zigzagueé, y luego rodé en círculos, hasta acercarme lo más que pude a la fuente de aquel sonido, con la intención de taclear al que ayudaba a propagarlo.
Por fin lo logré y vi la sierra eléctrica brillar en la oscuridad, pude ver mi reflejo espumoso en la hoja lijada. Sin perder más tiempo, y convencido de que tenía la situación bajo control, localicé la cara del psicópata y arremetí a golpear. Nunca antes di tantos puños, ni los repartí con tanta fuerza en mi vida. Fue como una catarsis religiosa, quizás budista, para mí.
El cuerpo quedó inerte, a los pies de la sala, sin haber ido mucho más allá, del portal de la habitación. Las luces, de pronto, volvieron.
El hombre no tenía máscara, no la necesitaba.
•¿¡Richter!?
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Estaba tan moreteado, que apenas lo pude reconocer. Los demás se me acercaron, yo pensé que lo hacían, con la intención de ver el cuerpo, pero no.
Eran pretensiones malévolas y viles. Aquellos que permanecieron callados, ahora eran abyectos y sus caras, ya no eran sus caras. Todos habían sufrido alguna clase de metamorfosis, y se habían transformado en versiones con cuerpos esculturales, chatos, bajos, altos, gordos, respingos, abstractos y bidimensionales, del Dr. Maxwell Richter.
Volteé de nuevo y observé su cara: Había cambiado por la de Michael, y luego por la de Rachel, y luego por la de Katherine, y la Doctora, y Marcus, y Milly, y Noah, y Richter otra vez, y cambiaba y cambiaba y cambiaba hasta transformase en un espiral que giraba, al igual, que un agujero negro.
Primero fueron las cosas pequeñas, luego las cosas grandes, luego mis abyectos acompañantes y por último la habitación entera, hasta llegar yo.
Caí en un abismo, en el que solo pude decir:
•¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA AAA!
Hasta que desperté.
Estaba en las aguas termales, con mis compañeros. Todo había sido un mal sueño, de otro mal sueño. Me sentía como en Inception.
Eran hombres y charlaban, andaban despiertos. Michael estaba a mi lado, jugando con su consola en 3D.
Intenté relajarme, pero no pude. El bulto de burbujas volvió a aparecer y esta vez se movía, venía directo hacía mí.
Volteé a Michael, espantado, para luego descubrir, que su cara había cambiado por la mía; ahora todos tenían mi cara, y se parecían a mí. El telón de madera volvió a caer y mostró a las chicas, con mi rostro. Todo era yo.
O____________________________________________O
De las burbujas emergió él, pero no se trataba de él, se trataba de mí, o de él con la cara de mí, ¿¡O yo qué sé!?
Tenía un cuchillo, y antes de apuñalarme, me empujo.
El empujón…
Desperté, en la camilla de una de las habitaciones, a la mañana siguiente. Todo fue otra pesadilla, dentro de otra pesadilla, dentro de otra pesadilla. Con esto le quito el trabajo a Di Caprio.
Me levanté y quedé en “L”, sobre la cama, con resaca. Todo parecía ir entonces, en orden, pero todavía quedaba otra duda…
•¿Pensé resaca?
Las puertas deslizantes de la habitación, se aplicaron para lo que estaban hechas, y dejaron pasar a Katherine, a nadie más que ella deseaba ver.
•¿Dormiste bien?
Tuve que guardar silencio y responder con una mueca.
•¿Podemos obviar eso?
•¡Seguro!, ven, ya vamos a desayunar.
Vi todo a mí alrededor. Las cosas parecían estar en su lugar. Esto sí era real, podía sentirlo.
Me levanté, bañé, cepillé y vestí; preparado para marchar. Estaba dispuesto a pasar aquella noche de sueño, fuera de serie.
Cuando llegué a las puertas del comedor, el miedo recorrió mi espina dorsal, como un viento helado.
Suspiré y deslicé el rectángulo de papel, para dejarme al descubierto delante del umbral.
Todos me recibieron con una sonrisa, y siguieron comiendo.
•¡Al fin!
Solo quedaba un asiento disponible, y de eso me percaté tarde. Era uno entre, Katherine, y… Richter.
Me senté, conteniendo las ganas de vomitar: El Doctor devoraba todo sin utilizar cubiertos, y creo que sin masticar, es más, tenía las mejillas, demasiado dilatadas, como para decir, que también tragaba.
No sé cómo, pero lo hiso. Tragó y de perfil a mí, habló.
•Lamentó lo de anoche – Me dije mientras tomaba café. Ya no me extraña… - Por accidente, deje caer de mi bolsillo, dos pastillas de un narcótico experimental, sobre el ponche.
Las vi solo cuando ya tenías el vaso en la mano y logré divisar los puntos blancos, en el líquido rojo. Los efectos secundarios son: Continuidad del espacio onírico, ósea, capacidad de múltiples sueños, como en Inception, ¿No sé si la has visto?...
No respondí a eso.
•… En fin, y pérdida de la memoria ¡Pero no te sientas mal!, saqué fotos – Dijo con una sonrisa.
El abultado bolsillo de su bata blanca de algodón, se acható tan pronto introdujo su gruesa mano peluda, para sacar el contenido que dentro se hallaba. Era un mazo de fotos, tan grueso como un monitor pantalla plana. La tecnología fotográfica, ha avanzado, por supuesto, y ahora tenemos fotogramas digitales y hasta holográficos, pero la vieja escuela, siempre será la vieja escuela.
Cuando vi las fotos, de una fiesta, donde todos portaban máscaras de Richter, y luego al pasarlas, la faceta cambió, para luego imitar mi cara, la única expresión en el rostro que podía tener era:
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Especial: Onsen (Aguas termales), dedicado a Alexander Schneifer
Lo primero que vi al despertar, fue una tenue luz, que se esparcía por toda la habitación, hasta transformar la habitación en sí, en lo que debía ser… ¡Una habitación!, ¿Qué creían?...
De pronto, y como repentino se sintió el pinchazo sustancial (Ya ni recuerdo porque me duele), me pareció una buena idea, oprimir el botón a mi izquierda, que claramente rezaba: “Doctor”
•Yo conozco a un Doctor –Digo hablando solo- Y no es un Doctor con el que me guste mucho estar…
Tuve que desistir de las otras ideas. No vi ningún óvalo rojo, que sobre si, tuviese en negrita la palabra “Enfermera”
El dolor, el pinchazo inicial, no fue lo peor, luego de haber despertado. Lo peor, fue que una maleta de 50 Kg (O más, el impacto ha dejado secuelas en mi cabeza), cayendo sobre mi estómago y rematándome con su acompañante de 30 Kg, en la cabeza, que aparentemente, debía llevar zapatos.
•Ok. Definitivamente, no debí oprimir ese botón…
¡Pero!... ¿Y ahora?
¿Por qué un friki de treinta y cinco años, me ha caído desde el techo? ¡Qué rayos es este lugar!, porque no parece un hospital…
•Puedo leerte la mente – Decía el friki con bata – Piensas que haber oprimido ese botón, fue lo peor que pudiste haber hecho… Como muchas de las ideas de Lelouch Lamperouge, ¡Pero no te asustes!, tu poca fortuna, te ha traído un premio.
No me quedaban ganas para levantarme; creo que acumulaba unos 100Kg, solamente en mi regazo, así que con jadeo, respondí tajante a aquel friki, que de poco, empezaba a reconocer.
•¿Y se puede saber, qué premio es ese?
•¡Oh! – Conjuntó la boca, formando una pequeña “o”, alzando la cara y mirándome por encima de su nariz – Uno que solo se obtiene, en los programas de televisión, en los que la gente… Nunca gana nada ¡Un viaje a las aguas termales de: Hot Springs, en Arkansas!
•¡Oye! No se escucha nada mal… ¿Y cuándo partimos?
•Ahora mismo ¡Llévenselo muchachos!
•¿¡Ah!?
¿Y por qué de pronto mi habitación comenzó a tambalearse?, veo caer rocas y ladrillos, a través de la ventanas. Es como un temblor, pero más extraño.
Y luego el sonido asposo… ¡Helicópteros!
•¿Arrancaste la habitación del hospital, para llevarme con helicópteros?
El friki comenzó a tomar café, y no me pregunten como, pero podía hablar, mientras lo bebía; una habilidad que fácilmente envidiaría, cualquier ventrílocuo.
•¡Sipi dipi!
Y luego sentí el café, caer sobre mi cara… Ese había sido el empujón.
¡Desperté!
En efecto, me hallaba dentro de un helicóptero, aunque ya no estaba en la camilla de mi habitación ¡Gracias a Dios!
Vi por la ventanilla achatada. No fue un mal sueño (Por no llamarlo pesadilla), era una premonición. Estábamos llegando a Arkansas, podía sentirlo.
El humo de las fumarolas pasaba cerca, muy cerca, del helicóptero. No pude sentir eso, pero fue como si lo hiciera. Mis compañeros estaban todos dormidos, seguramente ellos recordarían el momento en el que nos aventuramos a esto. Sobre todo, me encuentro ansioso de que Katherine despierte y poder preguntarle.
Pero algo malo se avecinaba… ¿Quién estaba piloteando?
Paulatinamente, me levanté de mi asiento. Tengo el trasero abollado, de una vez, colocó eso en el fondo de la lista, donde se hallan mis peores problemas. Presiento que lo que ahora viene, entrará fácilmente en el Top 5.
¿Alguna vez han visto, a un piloto de helicóptero, que maneje mientras bebe café?
Yo sí.
•¡Hola, Alexander!
•Doc… ¿Doc?... ¿Doctor?
•Te aconsejo que te sientes y te ates el cinturón.
Como un torbellino, pasó la voz de mi consciencia, que me aconsejó que no cuestionara y simplemente le hiciera caso.
Pero siempre tengo que salir…
•¿Por qué?
•Porque nos quedamos sin combustible – Dijo con una sonrisa culposa – Tendremos que hacer un aterrizaje forzado.
Mi rostro se dilató tanto, que hubiese podido moldearlo para que tomara otra apariencia, como una plastilina.
Si tuviera que describir, que tan abierta estaba mi cara, sería algo más o menos así
O_________O
Pero antes tenía que saberlo…
•¿¡Pero, por qué los demás no se despiertan!?
•¡Ah! Eso…
Tardó un rato en contestar.
•Les di un somnífero.
O_________________________________________________ __________O
Lo último que recordé, luego de eso, fue al helicóptero precipitarse violentamente. Lo sé, porque la gravedad me jugó en contra, y pasé los últimos diez segundos del viaje, adherido al techo del aeroplano, literalmente.
Aguas termales de Hot Springs, Arkansas, 12:00.
Mi cabello jamás pudo estar más desordenado. Es rubio y el sol le da un buen efecto, pero por más que intentó, no logró darle una tonalidad, lo suficientemente alborotada, como para decir “¡Esto está de pelos!”, al más puro estilo de Bart Simpson.
Sin embargo, esta vez, no pude lucirme. Mis compañeros iban igual de despeinados que yo.
Nadie dijo una palabra, ni siquiera respondieron al saludo de la Dra. Morristown, cuando ella y su equipo, en conjunto con el Capitán, bajaron de una furgoneta.
La Doctora, era una reina de la diplomacia. No dijo nada de nuestra condición, y es que al notar semejante cafetómano, con bata de laboratorio y camisa de los Guns n´ Roses, no se podía esperar mucho más.
Juntó cuatro de sus cinco dedos, en parejas de a dos y los separó, formando una “V” perfecta
¿Eso era un saludo indio o extraterrestre?
La Doctora, sin embargo, si notó el aspecto alicaído de mis compañeros. Taciturnos y somnolientos, gemían y esbozaban vahos de aire inentendibles. Era como si les acabasen de hacer una lobotomía.
De inmediato, aunque supe que luego me arrepentiría, se me ocurrió preguntarle al Doctor acerca de eso.
•¿Les dio algo más?
•Bueno… No fue tan fácil darles el somnífero, no son tontos.
•¿Entonces?
•Deje unas pastillitas sobre los pasamanos, que en realidad, eran gomitas de algodón, y que dentro, encerraban Vicodina.
O_________________________O
O___________________________________________O
O_________________________________________________ ________O
O_________________________________________________ ______________________O
O_________________________________________________ ____________________________O
Media hora después…
¡Finalmente!, llegamos a la habitación. Tuve que ayudar a Michael y Marcus a caminar. Por suerte, no se encontraban lo suficientemente idiotas, como para no hacerlo. Una vez, habiéndolos depositado como al equipaje pesado sobre el piso enmaderado de la recámara, me seguí preguntando, por qué el Doctor no me drogó a mí.
Deje de pensar en malas preguntas, que podrían luego traducirse en malas ideas, y procedí a desempacar. La eficacia de ADVENT, a veces me da miedo. Para encontrar mis mangas en lo más profundo del equipaje, tuvieron que entrar en mi cuarto y revisar debajo de la cama.
Me pregunto quién habrá podido decirles, a los idiotas que se hacen pasar por agentes, la locación de dichos mangas…
Obviamente, fue un sarcasmo.
Una hora luego…
¡Ahora sí!, Michael y Marcus, han despertado de su letargo retrasado y se han desvestido con una rapidez endemoniada, luego de decirles, que nos encontrábamos en Arkansas. Todavía lo recuerdo como si fuera ayer…
Flashback, de hace cinco minutos.
•¡Espera! – Interrumpe Marcus – Dijiste, ¿ARKANSAS?
•Sí.
•¿A-R-K-A-N-S-A-S? – Remedó.
•¿Sí?...
Se cruzó de mirada con Michael. Sus ojos color café, me hicieron recordar lo poco que tendía a sorprenderse, pero ahí estaba: Con la boca abierta.
Miraron a su alrededor por unos minutos, como digiriendo la información y luego lo supieron. No hiso falta que yo se los dijese.
•¡AGUAS TERMALES!
Nunca antes escuché a Michael gritar. Tal vez debería tener un diario, y anotar todo esto.
Como sea… Se desvistieron con mucha prisa, y haciendo alarde de una gran energía. Esa droga debe tener efectos secundarios. Si yo estuviese sedado, me despertaría con una gran resaca.
Lamentablemente, ni yo mismo pude haber previsto lo que vendría, ¡Y eso qué esto, no era un manga, ni nada parecido!
Las chicas (Cuando digo las chicas, me refiero a TODAS, las chicas), entraron deslizando la entablillada puerta de papel. Entraron tarde. Michael y Marcus, estaban literalmente en cueros…
Lo último rescatable de ese desafortunado encuentro, fue notar la ecuanimidad de la Dra. Morristown, de rodillas, y proporcionándole aire a las chicas por lapsos establecidos de tiempo, con un abanico, que sacó, de quien sabe dónde.
Ella nunca se altera. Siempre anda tan serena, tan tranquila, tan…
•¡Aaaaaaaaaah! – Babea…
Fin del flashback.
No crean que soy un morboso, es que ella entró en traje de baño a la habitación ¡En traje de baño!
Las otras chicas también, y no eran un espectáculo desagradable, por cierto; pero esta era la Doctora ¡La Doctora!
Todavía recuerdo, sus cabellos dorados cayendo por encima de su tórax, pasando por sus senos, hasta que las puntas de las hebras, cayeran todas apuntando hacia abajo. Limitándose con el trazo imaginario, que marca el ombligo.
Luego pensé “Ella no necesitará ese traje de baño cuando esté en las aguas termales…”
•¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! – Cae desmayado.
Quince minutos después…
La humedad, del pañuelo blanco de algodón, haciendo contacto y relajando mi frente, era una sensación, que me hacía alejarme de todas aquellas pasiones lujuriosas, en las que yo estaba, varias veces, montado sobre un unicornio, comiendo un pastel en forma de… ¡Ejem! Me hacía alejarme de esas pasiones lujuriosas, y enrojecía mis mejillas, ¡Eso!, enrojecer mis mejillas.
Mis codos hacían reposar mis brazos, descansando sobre piedras, bien mamposteadas, que formaban un círculo desproporcional, y que de su interior, exhalaba humo.
Muchos soñamos con quedarnos horas y horas, en una ducha caliente. Algunos soñamos, con vivir dentro de una. Una obsesión, seguida muy de cerca, por tener un Burguer King, en la cocina y un control tele-transportador, para ir a donde yo quiera, con solo oprimir un botón.
Suspiraba…
Las siluetas de mis amigos, iguales a las mías, tirados a los costados, descansando... No había señales de Richter por ninguna parte. Era un alivio.
De pronto, una conglomeración de burbujas, causó cierto escepticismo en el ambiente. Decidí no prestarle atención y me concentré en otra cosa, como la Dra. Morris, restregándome una barra de jabón espumoso, por la espal… ¡Ejem! No he terminado de leer Bleach, ¿Cómo será la batalla final contra Aizen?
Las burbujas no dejaron su cacofonía. Siguieron explotando, pero en el mismo lugar. No eran como aquellas burbujas aisladas, que se formaban en la superficie de vez en cuando y pinchaban por efecto de la presión, apenas emitiendo sonido alguno. Estas explotaban todas muy rápido y al mismo tiempo.
Luego, un muñón, ¿Estoy viendo un muñón? Con la mayor de las discreciones, me acerqué a Michael. Me daba grima interrumpir la paz, de alguien tan tranquilo, que no molesta a nadie, pero esto era algo que requería de su atención. El sabría cómo lidiarlo.
Coloqué mis manos sobre su hombro desnudo y lo mesé suavemente, para luego descubrir, que se había quedado dormido…
¡Basta de mecer!, lo voy a zarandear.
No contaba con que tuviera el sueño pesado, ¡Muy pesado!
No me rendí fácilmente, y con la mayor de las fuerzas permisibles, lo agité tanto que su cabeza se bamboleaba. Pero aun así seguía dormido, probé gritarle, aun a costas, de que eso significara despertar a los demás (También estaban dormidos), pero nada…
Entonces sucedió lo inevitable… Pensé en drogas.
Abrí sus párpados, y comprobé que no estaba tomando una siesta cualquiera. Sus ojos apenas se desplazaban, iban más lento, que una descarga de 10 Kb.
Sí, estaba drogado, y posiblemente los otros también.
Entonces sentí miedo, mucho miedo. Aquella conglomeración de burbujas se había vuelto violenta, algo empezaba a emerger de la superficie, y no sé, si era para buscarme a mí.
Me quedé con la cara cuadrada, cuando me enteré que eso, no era más que un telescopio en forma de “f”
No era nada de qué preocuparse.
•¡Espera!, ¿En forma de “f”?
Me sumergí con el dolor de mis mejillas y mis ojos, muy dentro del corazón, pero solo necesitaba cinco segundos para corroborar mi hipótesis: Un submarino, o mejor dicho, una bicicleta submarina, como las del equipo Rocket, pero sin armazón de Magikarp.
¿Y quiénes la abordaban?, cuatro pervertidos de mantenimiento, por ahora, fuera del cuidado de Noah, y al frente, su Capitán, ¿O tal vez su Almirante?
•Ricther… - Dije una vez, volví a la superficie – Bueno… No pienso detenerlo. Cuando se ejecutan planes como este, el 90% de las veces, saldrá mal, y cuando eso pase, seguro las chicas le darán su merecido.
Así que estuve de brazos cruzados, esperando la debacle del imperio de las “Pistolas y las Rosas”, pero Richter, tuvo la audacia de sorprenderme una vez más.
Nos separaba una cortina de madera. Una tabla que no debía tener más de 15 cm de grosor, y que era notablemente hueca. Podía escuchar el eco del otro lado, solo tocándola con el puño.
¡Bueno!, ellos cometieron el error de chocarla con la bicicleta submarina.
Por supuesto, la cortina cayó y dejó a la vista, un gueto de mujeres, tal cuales Dios, las había traído al mundo, con el aditamento de sus miradas sorprendidas, que luego pasarían a transformarse en miradas de espanto.
Yo por supuesto, me enrojecí como nunca. Deberían tener una escala, como la de Richter (¡Amen la ironía!), que midiera las distintas intensidades que podía alcanzar el color rojo, en el cutis de una persona.
Olvidé por completo, que Ricther cargaba una bicicleta, y que con todo el pudor de su alma, pedaleó como nunca, hasta perderse entre la maleza del bosque, que nos rodeaba.
Las miradas cayeron todas en mí y las palizas también.
Salón principal, 19:30.
No pude levantarme en lo que quedó del día. El enrojecimiento de las heridas, acompañado, por el enrojecimiento de las quemaduras, luego de haber aguantado la respiración por el colapso de mujeres desnudas, unas y otras sobre mí, me imposibilitaron la capacidad motora para desplazarme, hasta ahora. Por suerte, tuve la compañía de los cuerpos inertes, de mis compañeros, que también recibieron su merecido, por reposar drogados con cara de pervertidos.
Por el salón se paseaba como una libélula, un silencio de lo más lapidario. Nadie hablaba con nadie, solo la vergonzosa explicación, que con gusto dio la Doctora, a los recién incorporados. Dígase: Michael, Marcus, Noah, y cualquiera que no pertenezca al equipo de mantenimiento y sea hombre.
Me rasqué la cien, recordando lo mucho que me incomodan las situaciones como esta. Por primera vez en mi vida, y siendo así, espero sea la última, deseaba que Richter apareciera.
Meneaba la cinta en círculos, de mi bata blanca de algodón, esperando alguna reacción. Varias de las chicas jugaban con sus cabellos, mirando en sentidos opuestos, ni siquiera se hablaban entre ellas.
Mis compañeros, viriles, permanecían cabizbajos. Solo Michael, prestaba ojos y oídos sordos a la situación, y se dedicaba a jugar algún juego en su anacrónica Nintendo 3DS; le gustan los clásicos.
Entonces todo lo oímos. Intentaré describir la onomatopeya, de la mejor manera posible.
¡TROOOOOOOOOOOOOOOOOOM!
Era un trueno, y había venido acompañado de una fuerte ventisca, que abrió la puerta doble de la sala, hasta que cada rectángulo pegó de lleno con la pared y rebotó de regresó; repitiendo el proceso unas dos o tres veces más.
Era un fenómeno de la naturaleza, y no podía tratarse de Richter.
Pero…
La luz se fue, se cortó de repente. Los gritos de las más inocentes, o las más chicas, o más muchachas, por así decirlo, complementaron el escenario ceñido a las penumbras.
Los truenos continuaron, pero escuchamos un sonido, que ni el más fulguroso de los truenos podría producir: El del metal.
Era un ¡ROOOUUUUUUUUUUUUUM!, desquebrajador. Subía y bajaba, pero nunca paraba. No había pausas. Busqué la respuesta, en la cara iluminada por la luz fluorescente de la porta-consola tridimensional, de Michael. Sus ojos, ya trataban de salirse de sus cuencas.
De inmediato reconocí ese sonido…
¿Alguien ha visto esa película que se desarrolla en Texas, y que trata de una masacre?
Esta es la versión de Arkansas.
•¡Hora de morir!
Todos gritaron, y yo me estremecí. No podía ver mi propia silueta en la oscuridad, obvio, las sombras son un reflejo óptico producto de la luz, y ahí, no había candelas, o lo que es igual, intensidad luminosa.
Zigzagueé, y luego rodé en círculos, hasta acercarme lo más que pude a la fuente de aquel sonido, con la intención de taclear al que ayudaba a propagarlo.
Por fin lo logré y vi la sierra eléctrica brillar en la oscuridad, pude ver mi reflejo espumoso en la hoja lijada. Sin perder más tiempo, y convencido de que tenía la situación bajo control, localicé la cara del psicópata y arremetí a golpear. Nunca antes di tantos puños, ni los repartí con tanta fuerza en mi vida. Fue como una catarsis religiosa, quizás budista, para mí.
El cuerpo quedó inerte, a los pies de la sala, sin haber ido mucho más allá, del portal de la habitación. Las luces, de pronto, volvieron.
El hombre no tenía máscara, no la necesitaba.
•¿¡Richter!?
O_________________________________________________ ____________________________________O
Estaba tan moreteado, que apenas lo pude reconocer. Los demás se me acercaron, yo pensé que lo hacían, con la intención de ver el cuerpo, pero no.
Eran pretensiones malévolas y viles. Aquellos que permanecieron callados, ahora eran abyectos y sus caras, ya no eran sus caras. Todos habían sufrido alguna clase de metamorfosis, y se habían transformado en versiones con cuerpos esculturales, chatos, bajos, altos, gordos, respingos, abstractos y bidimensionales, del Dr. Maxwell Richter.
Volteé de nuevo y observé su cara: Había cambiado por la de Michael, y luego por la de Rachel, y luego por la de Katherine, y la Doctora, y Marcus, y Milly, y Noah, y Richter otra vez, y cambiaba y cambiaba y cambiaba hasta transformase en un espiral que giraba, al igual, que un agujero negro.
Primero fueron las cosas pequeñas, luego las cosas grandes, luego mis abyectos acompañantes y por último la habitación entera, hasta llegar yo.
Caí en un abismo, en el que solo pude decir:
•¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
Hasta que desperté.
Estaba en las aguas termales, con mis compañeros. Todo había sido un mal sueño, de otro mal sueño. Me sentía como en Inception.
Eran hombres y charlaban, andaban despiertos. Michael estaba a mi lado, jugando con su consola en 3D.
Intenté relajarme, pero no pude. El bulto de burbujas volvió a aparecer y esta vez se movía, venía directo hacía mí.
Volteé a Michael, espantado, para luego descubrir, que su cara había cambiado por la mía; ahora todos tenían mi cara, y se parecían a mí. El telón de madera volvió a caer y mostró a las chicas, con mi rostro. Todo era yo.
O____________________________________________O
De las burbujas emergió él, pero no se trataba de él, se trataba de mí, o de él con la cara de mí, ¿¡O yo qué sé!?
Tenía un cuchillo, y antes de apuñalarme, me empujo.
El empujón…
Desperté, en la camilla de una de las habitaciones, a la mañana siguiente. Todo fue otra pesadilla, dentro de otra pesadilla, dentro de otra pesadilla. Con esto le quito el trabajo a Di Caprio.
Me levanté y quedé en “L”, sobre la cama, con resaca. Todo parecía ir entonces, en orden, pero todavía quedaba otra duda…
•¿Pensé resaca?
Las puertas deslizantes de la habitación, se aplicaron para lo que estaban hechas, y dejaron pasar a Katherine, a nadie más que ella deseaba ver.
•¿Dormiste bien?
Tuve que guardar silencio y responder con una mueca.
•¿Podemos obviar eso?
•¡Seguro!, ven, ya vamos a desayunar.
Vi todo a mí alrededor. Las cosas parecían estar en su lugar. Esto sí era real, podía sentirlo.
Me levanté, bañé, cepillé y vestí; preparado para marchar. Estaba dispuesto a pasar aquella noche de sueño, fuera de serie.
Cuando llegué a las puertas del comedor, el miedo recorrió mi espina dorsal, como un viento helado.
Suspiré y deslicé el rectángulo de papel, para dejarme al descubierto delante del umbral.
Todos me recibieron con una sonrisa, y siguieron comiendo.
•¡Al fin!
Solo quedaba un asiento disponible, y de eso me percaté tarde. Era uno entre, Katherine, y… Richter.
Me senté, conteniendo las ganas de vomitar: El Doctor devoraba todo sin utilizar cubiertos, y creo que sin masticar, es más, tenía las mejillas, demasiado dilatadas, como para decir, que también tragaba.
No sé cómo, pero lo hiso. Tragó y de perfil a mí, habló.
•Lamentó lo de anoche – Me dije mientras tomaba café. Ya no me extraña… - Por accidente, deje caer de mi bolsillo, dos pastillas de un narcótico experimental, sobre el ponche.
Las vi solo cuando ya tenías el vaso en la mano y logré divisar los puntos blancos, en el líquido rojo. Los efectos secundarios son: Continuidad del espacio onírico, ósea, capacidad de múltiples sueños, como en Inception, ¿No sé si la has visto?...
No respondí a eso.
•… En fin, y pérdida de la memoria ¡Pero no te sientas mal!, saqué fotos – Dijo con una sonrisa.
El abultado bolsillo de su bata blanca de algodón, se acható tan pronto introdujo su gruesa mano peluda, para sacar el contenido que dentro se hallaba. Era un mazo de fotos, tan grueso como un monitor pantalla plana. La tecnología fotográfica, ha avanzado, por supuesto, y ahora tenemos fotogramas digitales y hasta holográficos, pero la vieja escuela, siempre será la vieja escuela.
Cuando vi las fotos, de una fiesta, donde todos portaban máscaras de Richter, y luego al pasarlas, la faceta cambió, para luego imitar mi cara, la única expresión en el rostro que podía tener era:
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